Enseñando a destruir, como en Nueva Zelanda
Reinaldo Gargano *
Un poco desconcertados vimos, hace un par de semanas, que se nos comunicaba una citación a una reunión conjunta de las comisiones de Presupuesto y Hacienda del Senado para escuchar a la señora Ruth Richardson, quien nos explicaría cómo se reformaba el Estado y se hacía posible funcionar mejor la economía. Uno siempre está dispuesto a aprender, pero nos parecía un exceso que el pensamiento político de la derecha nos trajera a una de sus representantes a que «enseñara» a los parlamentarios uruguayos cómo debían hacer las cosas. Para explicar nuestra posición expusimos la situación inversa: ¿qué harían los representantes de la derecha si nosotros les convocáramos a una reunión oficial para que un representante del pensamiento socialista les explicara cómo debe manejarse la economía y el Estado? A la reunión se le quitó, afortunadamente, carácter oficial. Y sólo se cursó una invitación a los que quisieran asistir.
Pero la señora Richardson, de la que hablaron elogiosamente los periódicos y semanarios de la derecha, tuvo múltiples tribunas para su prédica ultraliberal, y para dejar la impronta de insolencia e impertinencia, propia de la soberbia de quienes hasta hace muy poco eran los dueños de la colonia que fue Nueva Zelanda. Los ingleses trataban despectivamente a sus vasallos. A la señora le quedó algo en herencia.
Lo que ocurre es que aquí no tenemos reyes ni reinas desde hace ciento noventa años. Y mal que bien, hemos transitado en medio de penurias y pocos momentos felices esos dos siglos y tuvimos un José Batlle y Ordóñez, un Frugoni y por qué no, muchos buenos nacionalistas como Wilson Ferreira, que nos dejaron un país que ahora están tratando de destruir aceleradamente con maestros como Salinas de Gortari, Friedman, la señora Thatcher, Menem y ahora la señora Richardson… Pero nuestra sorpresa fue mayor cuando compramos Clarín el domingo 3 de setiembre. Allí en un suplemento económico especializado, y reproduciendo una nota del «Financial Times», diario insospechado de izquierdismo, y bajo el título «Nueva Zelanda, la decepción» y con un colgado que dice «apogeo y caída de un experimento económico», el analista John Kay logra hacer un despiadado análisis del resultado del «modelo de la señora Richardson».
Nos dice que desde 1984, cuando se inició el más amplio programa de reforma económica jamás visto en un país desarrollado, Nueva Zelanda se transformó en el ejemplo, y que para «la ortodoxia hoy reinante, Nueva Zelanda hizo todo bien». Todo se privatizó, todo se desreguló y el que fuera uno de los Estados de bienestar más abarcadores del mundo ha sido desmantelado. «La ley de contrato de trabajo sostiene que las condiciones de trabajo son una cuestión privada entre empleador y empleado». Y que en consecuencia en los rankings de «libertad económica, Nueva Zelanda se ubica con Hong Kong y Singapur por encima de EEUU y Gran Bretaña y bien por delante de Europa continental».
Nos dice Kay que los ciudadanos están descontentos con «el experimento y manifiestan el deseo de volver al viejo estilo laborista», conducido por Helen Clark. Y Kay les da la razón a los votantes. Dice que Nueva Zelanda pertenece al selecto grupo de naciones «que alguna vez fueron ricas pero ya no lo son».
Y da algunos elementos sobre los resultados del «Modelo»: «Si miramos fríamente los datos económicos de Nueva Zelanda, los votantes tienen razón. Desde que comenzó el experimento, el crecimiento económico ha sido mucho más lento que en el resto del mundo desarrollado».
Agrega: «La productividad y los estándares de vida apenas aumentaron, mientras que casi todos los otros países ricos han gozado de una expansión sostenida. Y nos dice cómo en los últimos quince años completaron la transformación de Nueva Zelanda, en ese país que ya no es una nación rica. El estándar de vida cayó desde 1,25 vez el nivel de vida promedio de los países de altos ingresos, a 0,62 el año pasado. Nueva Zelanda es la Argentina de la segunda mitad del siglo XX. ¿Qué fue lo que anduvo mal?»
Explica Kay que la eficiencia productora de N. Zelanda en materia de carne de cordero, leche y lana se mantiene. Y que el tiempo de las políticas proteccionistas de G. Bretaña y la U. Europea la perjudicó. Pero que eso fue entre 1965 y 1976 en que los precios de sus exportaciones medidos en relación con los que pagaba por sus importaciones cayeron más de un tercio. Y que desde entonces los términos del comercio del país con el resto del mundo mejoraron ligeramente. Kay dice que después del gobierno de Robert Muldoon, estatista, con proyectos que fracasaron, vino una reacción comprensible, pero no por ello más exitosa.
Y le llama la atención que «el programa («modelo») sigue siendo ampliamente admirado fuera de Nueva Zelanda». Algo parecido a lo que ocurrió con Margaret Thatcher: el éxito de la reforma se mide más por su vasto alcance que por los beneficios que produjo».
Y se mofa Kay de la CIA, diciendo que: «La Central de Inteligencia de los EEUU sostiene en su anuario de hechos de 1999 que las reformas impulsaron el crecimiento y colocaron los ingresos al nivel de las grandes economías de Europa, pero las estadísticas demuestran lo contrario». Dice Kay: Ante «la imposibilidad de desentenderse de las evidencias, la OCDE farfulla explicaciones vagas», como que «es difícil llegar a una conclusión definitiva acerca de por qué el rendimiento económico no mejoró en mejor escala a la luz de los cambios políticos sustanciales que se han realizado». Y agrega que la OCDE dice ¿y si no se hubiera hecho lo que se hizo no hubiera sido peor? Cualquier comparación con lo que nos dicen aquí, huelga.
Se elogia el alcance y la firme implementación de las reformas neoliberales.
Y dice Kay: «Uno podría, del mismo modo felicitar a un hombre que se arroja desde un acantilado por la firmeza con que realizó su propósito». ¿Duro verdad? Y es del Financial Times. ¿Qué está pasando?
Nos dice el articulista que la conclusión de la OCDE es que «el paciente no tuvo suficiente fe»…»hay negocios y políticas estructurales sin terminar». Agregando Kay: «Tras quince años, no se puede pretender decir en serio que se necesitan más tiempo o más reformas para ver surgir los beneficios». «El experimento de Nueva Zelanda fue una prueba de laboratorio para el argumento de que el Estado es el origen de la mayor parte de los problemas y que el repliegue del Estado es su solución».
Apagones. Los problemas del suministro eléctrico dejaron sin luz a buena parte del centro de Auckland, durante cinco semanas en 1998. Y nos dice Kay que esto podía haber ocurrido en cualquier lado. Pero, agrega, «el sitio donde ocurrió no es cualquier sitio: es el único país avanzado donde la distribución de electricidad no es propiedad del Estado, y no está regulada por él».
Antes de la reforma económica Nueva Zelanda no tenía desempleo. Se decía que había mucha gente en empleos no productivos. Pero ahora hay desempleo, y «tal vez era esa una mejor cosa que tener a la gente sin trabajo». Kay cita a Tim Hazledine, «las reformas en Nueva Zelanda no fueron nada baratas».
Pero se produjo «un aumento sustancial en el número y los ingresos de los gerentes y en los servicios financieros y para empresas». ¿Qué tal? Cualquier parecido… «y esto no es malo en sí mismo, pero tendría que tener justificación con un aumento en la productividad». Y eso no ocurrió…
Y termina John Kay, con este elogio a los economistas, supongo entre los que se encuentra la señora Richardson,
miembro del Banco Central de su país: «Si hubiera que haber elegido un país para probar el socialismo, no debía haber sido Rusia. Y Nueva Zelanda –un país aislado, al que le iba bien, con una cohesión social impresionante— no era el lugar adecuado para probar el libertarianismo económico. Los economistas deben estar agradecidos por tales experimentos. Pero en general suele ser mejor no tener que vivir en los países donde esos experimentos se realizan».
La conferencista de los dirigentes empresariales debería ser convidada de vuelta. Y traer a John Kay. Sólo para probar si se gastó bien la plata pienso yo. Porque algo debe haber costado, la propaganda, el alquiler del local y el salario, porque fiel a su concepción Richardson no debe trabajar gratis…
Habrán gastado bien la plata.
* Senador
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