Una idea pésima

Hace pocos días el diario El Observador, citando fuentes gubernamentales, informó que la Cárcel Militar que se está construyendo en el Batallón de Ingenieros No. 7 sería utilizada también para alojar a reclusos de extrema sensibilidad, entre ellos los integrantes de la red de narcotraficantes desbaratada en el mayor operativo de esa naturaleza que registra la historia del país.

No sabemos a ciencia cierta si el gobierno realmente piensa hacer ese movimiento o si la información del colega se sustenta en un vocero aislado y no demasiado representativo.

Cualquiera sea el caso, el dato es de terror porque vulnera todos los manuales estratégicos y de inteligencia en lo que a seguridad pública se refiere.

Poner en una misma prisión, aunque en pabellones separados, a terroristas de Estado y traficantes de alto vuelo significa de hecho -y hay pruebas a nivel internacional- la creación de un nuevo grupo delictivo al que se le llama: narcoterrorismo. Para enfrentarlo este país no está preparado, entonces ¿para qué permitir el alumbramiento del engendro?

Si el país tuvo que esperar más de 30 años para enviar entre rejas a ocho represores que hicieron desaparecer personas y la Brigada Antinarcóticos demoró dos años en poder desarticular la organización criminal que abastecía a Europa de cocaína y había sentado sus reales en nuestro territorio, es fácil deducir el problema al que se verá enfrentado Uruguay si se crea un grupo de narcoterroristas.

Estos elementos, sin valor moral alguno, tienen que estar a mucha distancia entre ellos.

Unos tienen toda la información sobre los organismos del Estado, sus fortalezas y debilidades. Los otros todo el dinero disponible para comprar conciencias.

Los terroristas de Estado aún tienen muchos amigos en la calle y son especialistas en comunicaciones, en chantajes, en contrainteligencia y en todos los mecanismos perversos puestos al servicio de la maldad.

Un «bocado de cardenal» para los narcotraficantes a gran escala, criminales que siempre están a la búsqueda de «mano de obra desocupada» y mucho más si están privados de su libertad. La mezcla será explosiva si no se le pone coto a una idea peregrina que no pudo haber partido de especialistas en seguridad y si fue así, hay que cambiarlos.

Las modalidades criminales han mutado de manera asombrosa en los últimos tiempos y las cárceles se han convertido en centros de poder, gracias al acceso de sofisticados elementos de comunicación que, obviamente cuestan mucho dinero, algo que les sobre a los narcos.

El ejemplo está sólo a dos horas de vuelo de Montevideo, en la ciudad más grande y poderosa de Brasil: San Pablo. Allí las autoridades no saben qué hacer con los jefes del Primer Comando de la Capital (PCC), quienes desde sus celdas imparten las órdenes para convertir las calles paulistas en un infierno cuando se desatan las oleadas de atentados. Tan así, que el propio gobernador ya ha pedido ayuda a los servicios de inteligencia de los países de la región porque los tentáculos mafiosos se extienden sin solución de continuidad.

Alguien sin conocimiento cabal de lo que significaría juntar en una misma prisión a terroristas de Estado con integrantes de la mafia de la droga lanzó la idea. Quizá lo hizo sin tomar todas las precauciones, mal asesorado, o quizá, aunque cueste creerlo, con mala intención. De todas formas es bueno recordar que Satanás es brillante, pero es Satanás. *

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