Ya nada será igual

El 11 de setiembre de 1973, incapaz de oponer mayor resistencia al levantamiento militar comandado por Augusto Pinochet con el apoyo de la CIA y el Departamento de Estado, el presidente constitucional chileno Salvador Allende se quitó la vida.

El 31 de marzo de 1933, pocas horas después del golpe de Estado del doctor Terra, cuando la Policía se hizo presente en el domicilio del ex presidente Baltasar Brum para llevarlo detenido, el alto dirigente batllista se descerrajó un balazo.

Ambos suicidios se inscriben entre los actos heroicos que registra la historia. Fueron la respuesta del coraje de la dignidad a la prepotencia de la razón de la fuerza. Fueron la opción extrema a la que se volcaron dos demócratas cabales y emblemáticos. Fueron un grito de libertad y de denuncia contra quienes se proponían usurpar el poder. Brum y Allende se convirtieron, así, en dos mártires paradigmáticos que eligieron el supremo sacrificio de ofrendar su vida como último acto de resistencia a la dictadura que se instalaba a sangre y fuego.

El 10 de setiembre de 2006, el coronel retirado Juan Antonio Rodríguez Buratti, en momentos en que la Policía procedía a conducirlo ante un estrado judicial, tomó la decisión de autoeliminarse disparándose un tiro en la cabeza. No fue éste, a pesar de su similitud con los dos casos recordados al comienzo, un acto de supremo heroísmo en defensa de valores nobles. No pretendemos, huelga aclararlo, introducirnos en los vericuetos del alma del militar retirado ni conjeturar acerca de su situación familiar o de las posibles causas que lo llevaron a tan dramática decisión; no obstante, resulta a todas luces evidente que fueron razones de muy otra índole que la defensa de la democracia las que lo condujeron al suicidio.

Muy probablemente haya operado en la trágica determinación la certeza íntima de que sería procesado, junto con algunos de sus camaradas de armas, por los delitos de asociación para delinquir y privación de libertad. Porque ayer, 11 de setiembre de 2006, con el procesamiento de las figuras más emblemáticas de la represión dictatorial decretado por la Justicia independiente, es una fecha que ha de convertirse en un hito histórico. Después de decenios de impunidad, por primera vez el sistema judicial ha podido actuar sin cortapisas y sin presiones y podemos decir que empieza a hacerse justicia. Después de cuatro lustros durante los cuales se sucedieron cuatro administraciones de gobierno electas democráticamente, después de tres gobiernos colorados (dos de Sanguinetti y uno de Batlle), y uno blanco, en los que ambos partidos (con contadas y honrosas excepciones) se mancomunaron en su tarea oprobiosa de mantener el silencio vergonzoso y la impunidad indecente, después de todos esos años de férrea alianza para asegurar la intocabilidad de los terroristas de Estado, la sociedad uruguaya ha podido reencontrarse consigo misma y con la justicia a la que nunca había renunciado.

Ayer terminó de desmoronarse la muralla edificada por militares y civiles cómplices tras la cual los esbirros se creían a salvo. Ayer, 11 de setiembre de 2006, merced a la «lógica de los hechos» derivada de un gobierno que no hizo sino aplicar la ley y los principios del derecho, «caducó» definitivamente la «pretensión impunitiva» de torturadores, violadores y asesinos.

Este logro memorable se debe, fundamentalmente, a una militancia tenaz, que nunca bajó los brazos en su reclamo de verdad y justicia. Los colectivos que agrupan a familiares de detenidos desaparecidos, la central sindical, todos los sectores de la izquierda (algunos con mayor énfasis que otros), medios independientes y dignos como LA REPUBLICA y Brecha, e innumerables organizaciones sociales jamás aflojaron en la denuncia, la investigación y el reclamo de terminar con una situación irritante, antidemocrática y contraria a derecho.

Hemos logrado lavar la afrenta de ser el único país del Cono Sur que había renunciado a castigar a los culpables del terrorismo de Estado.

A partir del 11 de setiembre de 2006, ya nada será igual. La lucha no fue en vano. *

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