El cumpleaños de Elena Quinteros

El 9 de setiembre, Elena Quinteros hubiera cumplido 61 años. Año a año los seres humanos durante nuestra vida, un día de un mes determinado, festejando o no, sumamos un año más.

Eso seguramente hizo Elena, durante 30 años. Los primeros junto a su madre, la entrañable María del Carmen Almeida «Tota» y su padre Roberto Luis Quinteros en su casa del barrio obrero de Jacinto Vera. Otros, también, con sus compañeras del colegio de las hermanas Dominicas de la calle Rivera. Luego, aunque ya no contó con su padre que fallece en diciembre del 65, junto a sus compañeros del Instituto Normal y de la agrupación 3 de magisterio en la casa de la calle Municipio. Y más adelante, por qué no, junto a sus compañeros de la Resistencia Obrero-Estudiantil luego de terminar alguna pegatina de apoyo a las luchas obreras; o de la FAU luego de aquellas reuniones que terminaban en algún boliche o del Partido por la Victoria del Pueblo cuando estaba enfrascada en construir un instrumento político eficaz para enfrentar a la dictadura.

Algunos de esos aniversarios transcurrieron en momentos muy especiales para ella. Sus 25 años los cumplió en la cárcel de Cabildo. Y de creerle a las cada vez mas devaluadas «verdades posibles» de la Comisión para la Paz, su 31 aniversario la encontró aún con vida en el Batallón 13 de Infantería, en el «300 Carlos» en el «infierno».

Allí en ese centro de tortura y exterminio, posiblemente, se le puso fin al transcurso de ese tiempo y fue su último cumpleaños. Ahora estamos autorizados oficialmente a usar el adjetivo de «exterminio» a la labor cumplida por la dictadura uruguaya, que hasta ahora estaba reservado sólo para las otras dictaduras de América Latina. En ese lugar Elena sufrió y resistió, porque aún allí era posible seguir resistiendo y seguir peleando.

Si esa parte de la «verdad posible» referida a la ejecución de Elena en los primeros días de noviembre de 1976, es una información cierta, probablemente «la Parda» se reencontró con la veintena de sus compañeros del PVP trasladados en el segundo vuelo y juntos fueron ejecutados cobardemente por la dictadura uruguaya.

Algunos de los exterminadores hoy están presos «administrativamente» y esperamos que por fin estén procesados, por algunos de sus crímenes. Otro, como el ex canciller de la dictadura Juan Carlos Blanco, tiene el raro y exclusivo privilegio de un hombre de su abolengo, de esperar su proceso cómodamente en su casa. Casi como si sobre él no pesara un proceso de homicidio especialmente agravado. Puede pensarse que ese es un privilegio que Blanco conserva de una época anterior donde el sistema de impunidad era un círculo completo. Por eso no nos imaginamos, ni saldríamos de nuestro asombro, que en el gobierno de los cambios los ejecutores de tan terribles crímenes terminen en cárceles de privilegio.

Para Elena, los años no pasan, se pasea aun con su sonrisa fresca o su seriedad respetuosa en los carteles que Tota ya no puede portar por las calles de este Montevideo, pero que, como solía decir el «Loco» Duarte, hoy levantan «manos amigas y brazos compañeros».

Desde aquel 26 de junio y más precisamente desde su intento de conquistar la libertad del 28 de junio en la embajada de Venezuela, Elena sigue resistiendo. Si ese trozo de pieza ósea hallado en el Batallón 13 de infantería, que ni los laboratorios de acá, ni los de Córdoba y posiblemente ni los de España logran sacarle información fuera de Elena, tiene explicación que no nos diga nada. No quiere delatarse.

Como bien dice este trozo de un poema de Oscar Hahn:

«Todos los huesos hablan penan acusan/alzan torres contra el olvido/trincheras de blancura que brillan en la noche/El hueso es un héroe de la resistencia. *

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