Sobre la verdad histórica

La polémica entablada luego de las afirmaciones del profesor Carlos Demasi hizo público un perfil de la historia contemporánea que alguna gente no le gustó oír pues es más sencillo sentarse sobre las «glorias» del pasado reciente (Wilson Ferreira, la lucha de los trabajadores en contra la dictadura, etc.), que asumir el barro de una verdad histórica que en muchas ocasiones no es lineal, ya que difiere de esa versión casi idílica de los acontecimientos.

Corresponde, pues, preguntarse si la situación planteada no abre un camino que el país necesita recorrer, para consolidar su unidad democrática. ¿Es deseable que una delegación de la colectividad blanca haya ido a visitar al ministro de Educación y Cultura para reclamarle una definición a favor de su «verdad» histórica», cuando el tema no está ni mucho menos dilucidado?

Convengamos en que, tras estas inclemencias verbales de unos, se esconde el propósito de acrecentar el poder ideológico sobre la sociedad. Más importa, en definitiva, ese poder que la verdad de los hechos inscriptos en nuestro pasado.

Hasta hoy, quizás por falta de investigación historiográfica y por conveniencia política (en el sentido maquiavelista del concepto) el Partido Nacional y algunos otros críticos de Demasi prefieren dejar en la penumbra hechos significativos del pasado como, por ejemplo, la represión antiobrera de los gobiernos blancos, para hacer centro solo en la dictadura, adjudicándole todos los males sin desbrozar la paja del trigo. Tampoco quieren profundizar, por eso cuestionan junto con el Partido Colorado, el estudio de la historia reciente en las aulas de Secundaria, aunque esté basada en una estructura técnica indiscutible.

Para algunos es positivo seguir en una especie de túnel del tiempo que, en nuestro concepto es más pernicioso que positivo, pues negar la realidad del pasado hace que el presente se edifique en una estructura cimentada sobre el barro. Esta verdad, claro está, no es para abjurar del pasado, sino para valorarlo en su justa medida y quizás para comprender renunciamientos, como los de Wilson Ferreira, que pese a sus eventuales deterioros políticos, no aflojó nunca en su militancia de cada minuto contra la dictadura.

Tampoco cuestiona la lucha denodada de la resistencia de los uruguayos, esa creciente oleada contraria a la tiranía; el hecho que desde el gobierno demócrata de EEUU, se haya jaqueado a los sátrapas encaramados en el poder para, de alguna manera, obligarlos a entregarlo a las fuerzas democráticas, no cuestiona lo otro.

George Orwell, en una novela en que trazaba el perfil del totalitarismo titulada «1984», imaginó un ministerio repleto de burócratas que inventaba enemigos cambiantes al ritmo de los intereses de aquel Estado opresor y guerrero, siempre cambiando la verdad histórica, adaptándola a los intereses de una coyuntura totalitaria. Aquí, en lugar de un ministerio de la Verdad, tenemos hombres públicos que seleccionan enemigos, como hace el senador Gallinal con el profesor Demasi, tratando de acallar una verdad sin oponer otra, en un ataque político que se está diluyendo por sus propios errores.

Hasta el momento, el clima de confrontación envuelve felizmente solamente la palabra. Los discursos, los gestos, se disparan con fuerza; pero son voces, no proyectiles. Parecería que la trama de la experiencia democrática aquieta aún estos espasmos de intolerancia. Pero no dejemos que la indignación y las pasiones por los eslóganes quebrados sigan imponiéndose sobre la prudencia y el ejercicio de la razón. El conocimiento de la verdad histórica, a la que se llega por sucesivas aproximaciones, es necesario para la consolidación democrática y, por supuesto, para que no se desperdicie la acción política que debe estar basada en verdades y no en noveladas historias, sonoras y grandilocuentes.

El país tiene que salir adelante y lo hará si dejamos de desperdiciar esfuerzos en cuestiones menores, y dejamos a los historiadores la tarea de reconstruir el pasado. *

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