Neoliberalismo y fragmentación

Las recetas económicas neoliberales, que hicieron furor   y desataron extendidas furias- en las décadas de los ochenta y noventa, se han caracterizado por sembrar la fragmentación social aumentando la brecha que separa a los más pobres de los ricos, construyendo una suerte de «apartheid» social, con barrios-fortaleza donde se refugian los más poderosos y barrios marginales donde campean las plagas bíblicas y algunas más no previstas en los sagrados textos.

Nuestra América Latina se ha convertido en el continente donde más lejos ha ido ese proceso de fragmentación social, cultural y demográfica. Somos el continente donde las distancias se siguen ahondando y donde los efectos sociales se han vuelto más difíciles de atenuar. Las respuestas de la periferia tienden a tomar cada vez más formas violentas.

La violencia urbana engendrada por la miseria genera procesos de confrontación violenta que superan en algunos países a las luchas de los antiguos movimientos guerrilleros.

El proceso va de la mano con el descaecimiento de las instituciones republicanas y democráticas. En las sociedades hipercompetitivas los procesos de corrupción económica contaminan las instituciones. El dinero manda, la descomposición del Estado se agudiza.

El entrelazamiento entre el privilegio económico y la corrupción política construye partidos y regímenes poco aptos para la oxigenación inherente a una república y completamente inhábiles para resistir las demandas de transparencia y reconocimiento de los derechos que conlleva la democracia.

Ese parece ser hoy el caso de México, el país donde las tensiones políticas han llegado a un punto extremo y la movilización pacífica y democrática de su pueblo está marcando el camino para todos los pueblos de la región. En aquella batalla se juega no solo el destino de la democracia mexicana, sino también la nuestra.

En ese sentido, una nota aparecida en la última entrega del excelente mensuario francés Le Monde Diplomatique firmada por Ignacio Ramonet contiene reflexiones de gran validez.

Dice el analista francés de origen español: «Mucho antes del comienzo de la campaña, era evidente para el presidente Vicente Fox (PAN) y las autoridades en el poder que López Obrador con su programa de lucha contra la pobreza era el candidato a destruir. Por todos los medios. Desde 2004, una maniobra sobre la base de bandas de video clandestinas complacientemente difundidas por las cadenas Televisa y TV Azteca, alineadas con el poder, intentaba desacreditar a López Obrador. En vano.

Al año siguiente, bajo el peregrino pretexto de no haber respetado las normas legales para la construcción de un camino de acceso a un hospital, fue condenado, encarcelado, y despojado del derecho a presentarse a elecciones. Masivas manifestaciones de apoyo terminaron obligando a las autoridades a devolverle sus derechos».

Desde entonces, prosiguió la empresa de demolición. Y alcanzó un grado delirante en el curso de la campaña electoral. Tanto más cuanto que un viento de pánico sopla sobre las oligarquías latinoamericanas y sobre la administración de Estados Unidos, desde que la izquierda se impone (casi) en todas partes: Venezuela, Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Bolivia… Y las nuevas alianzas ya no excluyen a Cuba.

Concluye finalmente Ramonet: «En semejante contexto, el triunfo de López Obrador tendría consecuencias geopolíticas demasiado importantes. Con las que no quieren saber nada ni las patronales ni los grandes medios de comunicación mexicanos. Ni Washington. A ningún costo. Aun cuando haga falta sacrificar a la democracia. Pero López Obrador y el pueblo mexicano no dijeron todavía su última palabra».

La alusión al viento de pánico describe bien un fenómeno nuevo y lleno de riesgos. De ahí la importancia ejemplar de la resistencia civil del pueblo mexicano. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje