El Mercosur y la utópica "patria grande"

Nunca fui partidario del Mercosur. Ni cuando se fundó, ni ahora y mucho menos después. Siempre me anoté a las tesis del maestro Dr. Luis Alberto de Herrera quien con sabiduría, por mediados de la época de los 40, decía que estos organismos internacionales se creaban para defender o justificar las ambiciones, desmanes y latrocinios imperiales de las grandes potencias.

Pasaron los años y esa verdad revelada se nota incluso cuando excepcionalmente, ante la presión internacional, nada menos que la ONU, órgano mayor si los hay, quiso detener la masacre criminal del Líbano y los EE.UU. necesitaban más tiempo para que sus socios culminaran el retoque del arrasamiento a las ciudades civiles libanesas, se opuso y no pasó más nada. Sólo cuando la masacre estuvo en el punto culminante y neurálgico conveniente para ellos, autorizaron sí, la ayuda humanitaria de paz de los cascos azules de la ONU. O sea, la paz de los cementerios.

La OEA, por citar otro organismo igual, ¿cuándo se opuso a intervenciones yanquis, airadamente, o por lo menos a condenar las múltiples invasiones a sangre y fuego en el continente? Salvo algunas pocas voces valientes ocasionales, los demás sufrían de afonía (más de 70 intervenciones en los últimos 100 años). Se terminaba justificando esas intervenciones con los tristes argumentos de la «defensa del bien sobre el mal» o el tan sobado de la reivindicación de la democracia, poniendo gobiernos «electos» en Washington.

El Mercosur puede tener desde ese punto de vista la ventaja que los yanquis no lo quieren. Pero en los hechos presentes y futuros, la realidad es la misma. Simplemente, el cambio de collar. En lugar del «mastín» (EE.UU.), el collar lo siguen usando los perros grandes (Argentina y Brasil) y los «cuzquitos» quedamos aullando a la luna sin que nadie nos dé pelota (nosotros y Paraguay).

Hasta por un principio de sentido común, es impensable, por más que senadores de todos los partidos, incluyendo el mío, (los diputados poco o nada dicen, el tema es demasiado profundo para ellos…) quieran justificar el Mercosur con el cuento efectista de los 200 millones de consumidores y el que juntos hacemos más fuerza que solos. Claro, no explican cómo se puede gravitar por un país de escasos tres millones de habitantes de igual a igual con monstruos como Brasil o Argentina incluyendo ahora a Venezuela, en la colocación de nuestras producciones comunes fundamentales. Sin olvidar la barbaridad de un Parlamento común del Mercosur.

¿Quién le va a dar igualdad de votos, con vetos futuros incluidos, al Uruguay y Paraguay sobre los monstruos vecinos?

Si a ellos les corresponden 100 votos, a nosotros nos dan uno con generosidad. Los hechos históricos y actuales lo demuestran.

Ni las bicicletas uruguayas (un rubro menor) a la Argentina, ni el arroz al Brasil, nos dejan entrar, ni con Mercosur mediante.

Sin olvidar las pasteras que aún después que el Tribunal de La Haya jurídicamente nos diera la razón sin más remedio, aún siguen insistiendo, interviniendo en decisiones internas de nuestro país. Presionando por la detención de obras que están dentro de nuestro territorio soberano. ¡Mayor injerencia arbitraria imposible!

O sea, no se piense que los únicos imperialistas perversos son los yanquis. No hay ninguno bueno. Y los pretendientes a serlo, caso de los porteños y cambas, si mañana agarrasen la posta, serán iguales o peorcitos tal vez, que los rubios del norte.

Uruguay lleva 176 años de vida independiente. Muchas veces, para los que estudiamos la historia lo sabemos de sobra, nos vimos intervenidos y en figurillas, y ni mencionar a los paraguayos, por los incómodos vecinetes que dicen amarnos. Son los mismos de siempre. Hubo una época que un tal Lord Ponsonby los puso en su lugar, tendiéndoles una mano a don José y a Los Treinta y Tres, que aprovecharon la volada. Fue una realidad. Y es obvio que el Mercosur no es ni se parece a Lord Ponsonby.

Vamos a no ser imbéciles, metiendo la cabeza en el picadero. Al igual que el otro verso de la patria grande. Por más patria grande que algún iluso trasnochado se quiera imaginar, ni al que asó la manteca se le puede ocurrir que Buenos Aires o Brasilia sin olvidar San Pablo, les van a ceder igualdades políticas y comerciales a Montevideo, y su puerto o a Asunción y las demás urbes menores de la región por encima de sus intereses.

Las patrias grandes también tienen sus intereses, límites y cotas elementales. Prefiero como nacionalista, seguir siendo uruguayo y oriental que continental. Por supuesto que soy y somos latinoindoamericanos y quiero a mi América y sus hijas, todas hermanas nuestras. Pero mucho más quiero a mi paisito oriental y su soberanía libertaria que hace 176 años ha sido un ejemplo en el mundo. *

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