Laicidad y laicismo

En algunos discursos estos dos términos se toman por sinónimos o se intercambian. He observado que esto sucede, incluso, en personas cultas. Esto genera confusión y engaño.

En el lenguaje común, la palabra laico puede usarse con sentidos contrarios o muy distintos. Dentro del ámbito católico decirse laico o decir de alguien que es laico indica que no es sacerdote u obispo. Laico es quien pertenece al pueblo cristiano por oposición al clero que conforma el estamento «elegido», «ordenado».

Laico, fuera de este contexto es quien no profesa religión alguna. Como vemos es necesario saber en qué contexto hablamos para comprender qué se quiere decir con la misma palabra.

Retrocedamos en el tiempo, veamos los orígenes de la palabra laico y su contexto histórico.

En la antigua Grecia el laico es aquel que pertenece al pueblo sin otra connotación. El «pueblo» estaba constituido por los ciudadanos, que no eran toda la población sino una minoría. Se excluía a los esclavos, extranjeros, las mujeres, los menores de 20 años, y otras categorías según distintas épocas. Sin duda, de su etimología rescatamos que, el laico es quien integra el pueblo.

El clero está constituido por los magistrados, los «elegidos» por diversos métodos o mecanismos, integran los órganos permanentes de gobierno en oposición al pueblo; los laicos, participan de la Asamblea, convocada siempre por un asunto puntual. Hay tareas previas a cada Asamblea que realizan esos «elegidos». Los «ciudadanos» son libres de decir lo que quieran y seguir o no «el orden del día» y las recomendaciones presentadas por los magistrados. Es indudable que esta situación genera una tensión por el control y el poder.

En la concepción romana ya hay una referencia más explícita del clero al orden sacerdotal, de aquí pasamos a la Edad Media en plena cristiandad. Los laicos son los fieles comunes y corrientes, «de a pie», dentro de la Iglesia Católica y el clero agrupa a los obispos y sacerdotes que la gobiernan. Después de Constantino, S IV, la caída del Imperio Romano genera un vacío de poder que lentamente será ocupado por la jerarquía católica como forma natural de cubrir el vacío de poder y de ley. De hecho la estructura legal y de gobierno recaerá en estos nuevos gobernantes, los obispos y sacerdotes. De esta concurrencia de dos funciones, la evangelizadora y la jurisdiccional, surge esa etapa que llamamos Baja Edad Media, donde sin lugar a dudas sale perdiendo la misión propia y específica de la Iglesia.

Hacia el SVIII y IX avanza con fuerza la modalidad de la «vida religiosa», los separados del mundo. Estos no necesariamente son clérigos, al contrario son los menos, pues la función de los sacerdotes y Obispos es «secular», es decir estar en el mundo. De aquí proviene otra clasificación distinta: religiosos y seglares.

El tiempo irá entrecruzando estos estamentos de modo que habrá sacerdotes y obispos que pueden ser religiosos o no religiosos. Los sacerdotes no religiosos son denominados seculares. Todas las religiosas y religiosos no sacerdotes son laicos.

Esta evolución se da dentro de la Iglesia Católica, fuera de ella a partir del S XIX, se toma la palabra laico como sinónimo de los ciudadanos a quienes no se atribuye ninguna religión.

J.P. Varela plantea entre nosotros un pensamiento que ya recorría el mundo fundamentalmente en Francia y Estados Unidos. La laicidad será el reconocimiento de la diversidad y pluralidad de modos de pensar y sentir, todos legítimos y respetables, que se dan en la sociedad producto de la definitiva ruptura de la cristiandad y por acción del constante trasiego de poblaciones migrantes, fruto del capitalismo incipiente a partir de la revolución industrial. Distintas culturas, civilizaciones, credos y opciones están llamadas a «convivir» con respeto y mutuo reconocimiento, es el nuevo dogma del liberalismo triunfante.

La laicidad es el nuevo nombre de la convivencia civilizada y constructiva de horizontes comunes de solidaridad.

El laicismo, en cambio, será la doctrina que depositará en «el clericalismo» el origen de todos los males y perversiones que impiden la libertad de las personas y desarrollo de los pueblos. Se desarrolla así una ideología que genera exclusión social al etiquetar a quien no la acompaña. Cierra los amplios horizontes de la laicidad a estrechos compromisos históricos anticlericales u otros modos de pensar políticos o filosóficos alternativos. El laicismo incurre, también, en el error de confundir la parte con el todo, que tan bien nos enseñó a distinguir Vaz Ferreira.

Por fin vemos, en Uruguay, que empezamos a salir del trillo histórico de los últimos cien años, cuando escuchamos al Presidente de la República, Dr. Tabaré Vazquez, que nos exhorta a este debate sobre la laicidad situándolo más que «en términos de religiosidad o no religiosidad, de clericalismo o anticlericalismo en el plano de la ciudadanía como fundamento para la construcción democrática de la nación»

Realmente aires nuevos para tiempos nuevos. *

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