El último que se vaya, que apague la luz
Alfredo Errandonea
A mi gusto, con demasiada fría asepsia cientificista (no tiene por qué ser menos científica la labor del investigador al que le «duela» el objeto que indaga, como le ocurre al cirujano que se le muere el paciente en la mesa de operaciones…) se han manejado últimamente algunos datos de nuestra realidad sociológica que en verdad son removedores para cualquiera que le importe el país y su población. Como me corre sangre por las venas he decidido escribir algunos artículos de divulgación, que no implican abdicación de mi condición de sociólogo, pero que están dictados desde mi compromiso con la realidad nacional. Lo cual es bien distinto a ese patrioterismo de las efemérides oficiales y de la estúpida entonación grandilocuente del himno nacional con la mano en el corazón, a que nos tienen acostumbrados personajes con alta responsabilidad en la catastrófica situación que tales datos evidencian, mientras se han dedicado sistemáticamente a ocultarla.
En este primero, comienzo por el dato que probablemente resulte el más alarmante, de elocuencia incontestable: la emigración.
Este país fue formado por aluviones inmigratorios. Pero desde hace unas cuantas décadas se ha transformado en un país de emigración. Esta en realidad no ha cesado desde poco después de mediados de siglo, pero sobre fines de los sesenta y en los setenta, primero, y ahora en los tiempos más recientes, ha cobrado impulso masivo.
Los que peinan canas, recordarán que al principio de nuestra «década infame» como la llamó Bruschera, los que partían desde el puerto de Montevideo, desplegaron un gran cartel en el Vapor de la Carrera que decía «Â¡El último que se vaya, que apague la luz!». Fue una época en la cual, a la ya entonces grande emigración económica, se agregaba la emigración «política».
El ingenio popular estaba signando aquel período por el irrespirable clima fascistizante en que se había internado el Uruguay. Muchos de los que se fueron entonces, ya no volvieron después de la dictadura; entre los que sí lo hicieron, también fueron muchos los que volvieron a emigrar; y no fueron pocos de los restantes que lamentaron no haberlo hecho. Pero, por cierto, entonces, antes y después, la motivación más generalizada e importante para abandonar el país, fue la falta de perspectivas que ofrecía a sus habitantes y de posibilidades para sus hijos; la convicción de la muerte del «Uruguay feliz». Al que se añoraría desde lejos, en las reuniones en asados de la colectividad uruguaya, o acompañados de discos de Gardel y de Los Olimareños, entre otros.
Se calcula que reside fuera del país más del 10% de los uruguayos. Como la gran mayoría se fue en edad de procrear, esa cifra se estiraría bastante si se le suman quienes habiendo debido nacer en el Uruguay, lo hicieron fuera de él. En una sociedad de débil crecimiento demográfico y que sólo sobrepasa levemente los tres millones de habitantes (sólo en Brasil se producen más nacimientos en un año que el volumen total de población uruguaya), el dato se vuelve dramático.
Más grave aún se torna el fenómeno si se examina su perfil. Los que emigran en mayor proporción son jóvenes en edad productiva, tendencialmente con educación media y alta (abundan, incluso, los posgraduados), con frecuencia pertenecientes a los estratos sociales medios. Que desde luego con mucha frecuencia logran donde van éxitos ocupacionales, aunque su destino suele ser el exigente hemisferio norte. Inicialmente el país recibe remesas de dinero de ayuda familiar que los emigrados envían a sus parientes cercanos en el Uruguay; pero naturalmente este efecto tiende a decrecer rápidamente, si es que no culmina con el agregado de sus familiares a la corriente emigratoria. ¿Puede imaginarse un desangramiento del país más radical?
No se necesita ser cientista social para comprender, a partir de estos datos, los efectos que el fenómeno tiene en la estructura social uruguaya «que queda». En primer lugar, obviamente ella se ve aún más debilitada demográficamente en su ya limitado tramo de población activa, que debe sostener una proporción cada vez mayor de menores no activos y de ancianos. En segundo lugar, la emigración de jóvenes educados constituye un gasto de muchos años de enseñanza que el país pierde como capacidad de futuro. En tercer lugar, el retraso de su crecimiento poblacional lo debilita cada vez más en el contexto de una región de alto crecimiento demográfico, tanto en su mercado interno, como en su fuerza de trabajo, y en su poder de interrelacionamiento; todo lo cual es muy negativo para los procesos de integración supranacional en los que el mundo globalizado de hoy nos obliga a incluirnos como país pequeño que somos. Pero además la forma de operación de este proceso constituye otro indicador más del fuerte debilitamiento de los estratos sociales medios, tan característicos en el pasado de nuestra sociedad.
Sin duda, el fenómeno expresa desesperanza, descreimiento en el futuro del país; en fin, un imaginario social juvenil de «fin de la esperanza» nacional. Lo que desde hace mucho ya expresan en fuerte medida las opiniones de los jóvenes que registran las encuestas.
O sea, que además de la rebeldía contra el sistema que se manifiesta en el traslado de votos electorales hacia las opciones no tradicionales, con gran peso juvenil en su acaecer, aparece este «voto con los talones» de todos aquellos que se van. Cuyo signo político resulta muy claro cuando en ocasiones electorales se organizan enormes visitas colectivas por un día de los uruguayos emigrados que todavía siguen queriendo marcar su oposición, y cuando las circunstancias les permiten hacerlo.
A todo lo cual, hay que agregar otra forma macabra de «emigrar»: el espeluznante privilegio de las altas tasas de suicidio que el país ostenta en el contexto lationamericano; que experimentaron un sensible incremento en el último par de años. Por razones bien comprensibles, de él se sabe mucho menos y seguramente sus cifras –aunque altas– subvaloran su importancia cuantitativa.
Desde luego, una decisión tan drástica, individual y compleja como la del suicidio, no puede ser leída de la misma manera que la de la emigración, ni con su muy ostensible connotación de abandono del «barco nacional». Pero no cabe duda de que, pese a ello, se trata de un fenómeno que dice mucho de la estructura de la sociedad en que ocurre. Los estudios de Pedro Robert evidencian en el país su asociación con la anomia, como en la clásica tradición durkheimiana. Es en esa estructura social nacional que se engendra y acuna esa brutal anomia social (descaecimiento de valores, normas y metas sociales) que lo explica, en tanto fenómeno social.
Desde hace mucho que las encuestas de opinión revelan el grueso volumen de uruguayos que manejan la alternativa de emigrar como una aspiración, aunque la gran mayoría de ellos nunca lo llegue a hacer; con frustración por no «lograrlo». Entre los que ya residen en el exterior, los que emigran efectivamente, y los que aspiran a hacerlo sin conseguirlo, debe concluirse que existe en la estructura social nacional una fuerte corriente desintegrativa. ¿Puede concebirse un plebiscito mayor contra la actual situación uruguaya?
El juicio de la historia tendrá que ser muy severo contra los frívolos personajes dirigentes de nuestra política criolla, que siguen especulando con la forma de estirar y prolongar sus privilegios gubernamentales, y continúan con sus prácticas clientelísticas y de acomodos. Mientras reiteran por enésima vez las archifracasadas soluciones neoliberales que vienen implementando desde hace décadas, con la repetición de los pretextos justificatorios de sus
contínuos fracasos, de periódica y alternada aparición (largas sequías, lluvias torrenciales e innundaciones, el precio del crudo, el deterioro de los términos de intercambio, las tasas de interés de la deuda externa, la situación y medidas de nuestros países vecinos, entre otras); como si tales eventualidades no formaran parte de las condicionantes de nuestra sociedad, de necesaria previsión; como si la ausencia de ésta no tuviera nada que ver con ellos. Y mientras tanto, montan sistemáticamente el «Estado de malestar» que la gran mayoría de los uruguayos rechaza.
Por mucho que nos impresione, ¿puede asombrarnos esta realidad emigratoria?
* Sociólogo
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