Nazis en Uruguay
Se han conocido en estos días algunas noticias referidas al accionar de un movimiento denominado Frente Nacional Revolucionario.
De acuerdo con sus afirmaciones, sus hechos y sus símbolos, el núcleo se define como heredero y continuador del nazismo.
Sobre la pista de las cabezas visibles de este movimiento están, como corresponde, el Ministerio del Interior y la Justicia.
Y así debe ser cuando de lo que se trata es de violaciones a normas expresas que el país tiene y que condenan, como cualquier sociedad civilizada, las actividades tendientes a provocar el odio de razas.
El Código Penal es, en ese terreno, absolutamente claro y las declaraciones de los integrantes de los grupos neonazis son lo suficientemente explícitas como para haber generado una causa penal perfectamente tipificada.
En tanto asunto policial y penal, todo parece indicar que el episodio está bien encaminado por las autoridades respectivas.
No obstante hay otros aspectos –morales, culturales, de memoria histórica– sobre los que vale la pena detenerse.
No es necesario pensar que existe algún riesgo de que Uruguay sea masivamente contaminado, como lo fueron algunos países europeos en los años 20 y 30, por las repugnantes concepciones del nazismo.
No es ese el riesgo ni está planteado en esos términos el problema, por lo menos en nuestro país.
Ni siquiera pensamos que el desarrollo de estas patologías alcance el desarrollo, minoritario pero muy preocupante, que tiene en Francia (con el movimiento liderado por Le Pen) o en Alemania, en Italia y en algunos otros países de Europa.
Lo que preocupa es el nazismo (o el fascismo) como unos hechos, unas ideas y unos individuos que empiezan a repetir consignas de odio, de exclusión, de racismo y de belicosidad que atentan contra la dignidad de la gente y de la sociedad en la que se desarrolla.
Por eso, el flagelo ético y político que estos grupos y estos atentados significan, siendo un asunto de Policía, no es sólo un asunto de Policía.
En circunstancias como esta, nada más inconveniente que el desconocimiento que la ignorancia acerca del significado, el terrible significado que, para la humanidad ha tenido el desarrollo de las ideologías y movimientos de tipo nacional-socialista.
Los ataques al sionismo al pueblo judío y la exaltación de las supuestas virtudes de «la raza blanca» y en particular de «los pueblos arios» se conjugó con la más incendiaria prédica antimarxista y antisocialista.
Y tras esas banderas de destrucción y muerte los regímenes nazis y fascistas europeos se lanzaron a la conquista del mundo.
El avance de los ejércitos animados de esas concepciones significó, para muchos millones de hombres, mujeres y niños europeos de origen judío, gitano y luego para todos los que se le oponían, la destrucción y la muerte.
Nunca antes la humanidad había enfrentado una patología colectiva tan destructiva, tan contraria a la naturaleza humana, tan sembradora del odio, la intolerancia y la exclusión.
Nada más riesgoso para una sociedad que dar por sabido, de una vez para siempre, el grado de crueldad, insanía y maldad que desplegaron –y despliegan– los movimientos de esta índole.
En ese terreno, toda la prosa sectaria, agresiva y amenazante que emplean estos grupos tiene puntos de contacto con lo que han sido las dictaduras basadas en la Doctrina de la Seguridad Nacional, tal como las conocimos en esta parte de Latinoamérica en la década del setenta.
En estos tiempos de desmemoria y de desprecio por el pasado, mantener vivo en la conciencia colectiva el carácter de los crímenes nazis y fascistas y conservar la capacidad de indignación frente a ellos es una necesidad no sólo de la democracia, sino de la propia civilización.
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