De la excepcionalidad a la normalidad
Por primera vez serían juzgados en Uruguay represores de la dictadura involucrados en asesinatos y desapariciones, si prospera el pedido de la fiscal Mirtha Guianze. Los acusados tienen cuentas pendientes con la Justicia argentina que prefieren evitar, pero que un procesamiento en Uruguay no haría caducar, ya que al término de la pena establecida en nuestro país se debería considerar el pedido de extradición de la Justicia del país vecino.
Es un hecho más que significativo, con un hondo contenido y un significado que se entronca en las características de nuestra democracia que, desde la caída de la dictadura, vive una situación de excepcionalidad. Es hasta hoy una especie de democracia renga, con desigualdades manifiestas de los ciudadanos ante la Ley, porque justamente los autores de los peores delitos que se recuerdan en el Uruguay viven una situación de impunidad otorgada por la actitud complaciente de gobiernos pusilánimes.
Por supuesto, no debemos olvidarlo. Ha estado vigente la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, engendro ideado para dar una apariencia de legalidad a esa situación de injusticia institucionalizada, de privilegio inaudito de delincuentes que por años vivieron usufructuando las prerrogativas que les otorgó el Estado como retirados de las Fuerzas Armadas y policiales que, por supuesto, pagamos entre todos los demás que nunca tuvimos los mismos privilegios.
Hay quienes manejan como espejo de la Ley de Caducidad a la Ley de amnistía, que liberó a los presos políticos, que pagaban, mayoritariamente, en la cárcel su lucha por la democracia y contra la dictadura. Muchos de ellos – ¡la mayoría! – sancionados por una «justicia» flechada, la militar, por delitos de opinión. ¿Qué tiene que ver esa Ley de amnistía con la impunidad decretada para los responsables de delitos de lesa humanidad y sus cómplices civiles, que pese a no alcanzarlos la cobertura de la caducidad, no han sido nunca mayormente tocados?
La Ley de amnistía fue un acto de legítima justicia, pero que no restañó todas las heridas provocadas por la represión de los militares. Porque los miles de exiliados y perseguidos políticos que sufrieron situaciones de un dramatismo inenarrable, que determinaron la disolución de familias, muertes prematuras y una diáspora sufriente de uruguayos que se desperdigó por el mundo, nunca fueron tenidos en cuenta.
Sin embargo los asesinos, violadores, secuestradores de niños, integrantes de los grupos de tareas que actuaban persiguiendo a todos los uruguayos que pensaran distinto a la dictadura, nunca habían sido tocados. Tuvo que llegar al poder un gobierno distinto, representante de la izquierda, para que las cosas comenzaran a modificarse y los uruguayos podamos comenzar a pensar que nuestra democracia puede normalizarse, discurriendo que ahora nos introduciremos en el marco fundamental que establece que todos los ciudadanos somos iguales ante la Ley.
No podemos negar que existan suspicacias y que en sectores se estime que la acelerada gestión del Ministerio Público tiene un objetivo coincidente con el del gobierno, de que los militares paguen sus culpas en el Uruguay, sin ser extraditados a otro país. Esa apariencia puede existir, pero quien conozca la honorabilidad de la fiscal Guianze, sabe muy bien que su decisión es producto de un análisis concienzudo de las pruebas existentes en el expediente y que su pedido de procesamiento está claramente justificado.
Por lo demás, es evidente que es bueno para el país que sea aquí donde se comience a vencer a la impunidad, para terminar con la excepcionalidad en una sociedad que debe normalizarse de una vez por todas. Es necesario que aquí se juzgue a estos señores y es fundamental que aquí cumplan las penas de penitenciaría que les correspondan, teniendo claro que los reclamos de la Justicia argentina quedarán pendientes y no caducarán.
Por ese camino se saneará al país y se quebrará la insoportable situación de injusticia que cuestionaba al funcionamiento mismo de nuestro sistema jurídico, de la democracia misma. *
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