A 37 años de la muerte de Emilio Frugoni
Se han andado ya 37 años. Pocos minutos después de las 23 horas del 28 de agosto de 1969, fallece físicamente don Emilio Frugoni.
La dirección del Movimiento Socialista de la época decide darle el adiós, donde correspondía, con quien quisiera concurrir, con o sin permiso policial y a como diera lugar: en la clausurada Casa del Pueblo.
Solicitada la autorización al juez, éste se declaró incompetente.
La Guardia Republicana rodeó la manzana. A punto de partir la caravana a pie desde 18 y Ejido su domicilio- hacia la sede del Partido, llega la insignificante autorización judicial.
Ingresa esa tarde, luego de seis años, en Casa del Pueblo por hora y media para luego ser trasladado a la Universidad de la República. El sepelio se realizó al otro día en el Cementerio del Buceo con honores de Ministro de Estado.
En el homenaje del Senado, Zelmar Michelini recordaba que siendo él muy joven concurría junto a mucha gente que «venía a escuchar una lección, pues sus discursos eran lecciones, ya por la profundidad de sus conceptos, por el análisis certero o por la reciedumbre de una virilidad que no estuvo nunca desmentida ni aún cuando solo y en circunstancias muy difíciles enfrentaba un Parlamento totalmente adversario. Pocos hombres ha habido en la historia política del país tan discutidos, negados, agraviados, agredidos y escarnecidos como lo fue Frugoni por sus adversarios políticos, por la alta burguesía del país, por la oligarquía vernácula, por los grandes intereses, por la gran prensa, por aquellos que de alguna manera se sintieron lesionados o afectados por la constante lucha de Frugoni». «…Combatió el capitalismo, las grandes empresas, las grandes patronales, los grandes latifundios y terratenientes, los grandes monopolios, los grandes intereses, la alta burguesía y las jerarquías…» «No hubo fustigador más apasionado y más encarnizado de los grandes hombres de los partidos tradicionales que Frugoni».
Y Arturo Ardao en la Universidad: «…una personalidad tan múltiple, desbordante de energías intelectuales y activas en tantas direcciones, con papel de primer plano en tantos escenarios y portavoz de tantos pensamientos, sentimientos y movimientos colectivos, siempre los más altos, siempre los más generosos…»
Don Emilio fue, es hoy y lo será mañana, la columna vertebral del Uruguay que desde siempre el pueblo uruguayo intuyó como el camino a seguir.
Sin duda un referente y constructor del Uruguay, pero siempre yendo más allá de aquello que ya parecía avanzado para su tiempo, tomando de las corrientes anárquicas y socialistas de la época del 900, la fuerza necesaria para modificar y razonar al mundo.
Florido Poeta y junto a este aspecto un utópico que jugaba continua y dialécticamente con otro de sus colores: el de Político con mayúsculas, habiendo propuesto e intervenido con sus aportes y modificaciones sustanciales a la construcción de aquel pasado Uruguay.
Frugoni luchó intensamente por el voto secreto, la representación proporcional, el Consejo de Salarios, los derechos de la mujer, del niño y de los trabajadores en general. Predicó que en la democracia -para que sea real- deben completarse los derechos políticos con su extensión social y con la democracia económica. Luchó por el Instituto de Colonización y Reforma Agraria, fue constituyente, embajador plenipotenciario (o como el decía «aprendiz de embajador»), universitario en todas las acepciones que puede tener este término. Fue decano y primer profesor de la Cátedra de Legislación del Trabajo. Desde allí acostumbraba llevar su Cátedra fuera del ámbito de la Facultad, generalmente a los sindicatos, donde daba al desarrollo de sus clases un carácter transformador, provocando verdaderas polémicas entre alumnos, obreros y profesor.
Frugoni escribió y demostró con su acción que, «para ser socialistas, es preciso renunciar a muchas cosas, chocar con muchas fuerzas, soportar francas o disimuladas persecuciones. Nada exige más espíritu de sacrificio que la lucha en nuestras filas».
El tiempo le ha dado la razón al Maestro y muchos que anteriormente lo combatían de manera por demás áspera, con obstinado silencio demuestran de qué lado estaban y aún permanecen la razón y la sabiduría.
La izquierda no habría alcanzado, por cierto, lo que hoy es y lo que se abre para las generaciones futuras, sin la permanente tarea, sin desfallecimientos, de quienes como él fueron, y continúan siendo, de los que nos trazan y e indican dónde está la senda. *
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