La "libertad de prensa" de los poderosos
Una carta pública del periodista Jorge Gestoso, que denuncia censura en la prensa uruguaya en oportunidad de la realización del balotaje, ha desatado un escándalo en los medios de comunicación nacionales, los cuales reivindican la plena libertad en la materia en el país. El debate –si es que pudiera llamárselo así– me parece mal planteado.
Creo que Gestoso tiene razón. Fue discriminado y atacado porque 30 minutos después que ya algunos proyectaban cifras con el triunfo de Batlle, en reportaje a un encuestólogo, informó que el resultado era aún incierto, y porque tiene antecedentes concretos de presiones y censuras desde el poder político. Si hubiese sido al revés, si Gestoso hubiese informado prematuramente el triunfo de Batlle; nadie, desde los medios aledaños a la élite del poder político (que son la gran mayoría), le hubiese reprochado nada.
Pero, en la lógica del sistema, los medios de prensa ofendidos también tienen razón. Aunque no la aducen; más bien no aducen ninguna. Pero tienen razón en la medida en que en el régimen vigente, al emisor se le asigna el derecho de decir o callar lo que quiera; porque se supone que el público consumidor «elegirá lo mejor», que el servicio a cumplir resultará de la eficacia que le asignará la «selección por el mercado».
Como tal supuesto es múltiplemente falso, el verdadero efecto es la oligopolización de los mecanismos masivos de comunicación en manos de la minoría que detenta el poder societal, para mejor «desinformar» en su beneficio, hasta el límite de una mínima credibilidad que le permita seguir operando. Límite variable según el nivel de cultura crítica de la audiencia. La que, a veces, resulta ayudada por algún Gestoso que, desde el exterior, escapa a ese control; o por algún Fasano que, en lo local, se encapricha en resistirlo. (Siempre sostuve que la mejor defensa de Fasano, cualesquiera sean sus defectos –que los tiene–, es que su presencia en la dirección de algún medio masivo uruguayo le confiere a la prensa nacional un clima de pluralidad, que sin ella estaría ausente. Y que la mejor defensa que le queda al sistema uruguayo de comunicación masiva, paradójicamente, es que, pese a todo –cárcel incluida–, es posible que exista y perdure un Fasano exitoso). Incluso, en acción coadyuvante, suelen aparecer esos «jóvenes atrevidos», que han osado ocupar pequeñas fracciones del espacio radiofónico para, en forma «pirata», hacer funcionar radioemisoras comunitarias.
El coro al servicio del poder ha respondido a las acusaciones de Gestoso de cualquier manera, menos discutiendo realmente el problema que él plantea y que, por otra parte, es evidente.
«El País» descubre recién ahora que el gobierno de EEUU apoyó a las dictaduras que en América Latina conculcaron la libertad de prensa; aunque omite su propia actividad complaciente con la dictadura militar que padecimos en el Uruguay, la que –entre otras barbaridades– suprimió a toda la prensa opositora. Otros acaban de descubrir, también ahora, la perniciosa influencia norteamericana en la región, que encarna actualmente en la CNN.
Ni que hablar de las emisoras de TV, concentradas en tres grupos, que más allá de su competencia mutua, constituyen un verdadero oligopolio, habiendo logrado que el poder político les confiera también la «autorización» para sus empresas de cables, y les negara ese derecho de uso de ese espacio público que es de la comunidad nacional, a otros que pudieran «deshomogeneizar» el coro servil. Los canales de televisión ni si quiera contestaron uno solo de los cargos de Gestoso. Está demasiado fresco el ostensible favoritismo que desempeñaron en la información política durante la campaña del balotaje; el rechazo de algunos spots publicitarios pagos, en esa misma ocasión; la exclusión de sus cuadros de periodistas capaces como en el caso del desaparecido Arellano, entre otros sonados asuntos y en su política en la orientación de su gestión cotidiana.
Los que llegaron a mayor razonamiento son los autores de una extensa carta de «lectores» de «Búsqueda» (20/I/00), que integran su staff periodístico. Y lo hacen de dos maneras: por un lado, descubren ahora que la prensa norteamericana está condicionada, fundamentalmente por las leyes del mercado, que su semanario tanto defiende; por otro lado, negando lo evidente del sesgo de la información que el medio en que trabajan tiene, dicen que ellos gozan de total libertad de opinión para el desempeño de su labor, olvidándose del pequeño detalle de que fueron elegidos por «Búsqueda» por algo (quien no me eligió a mí, por supuesto, probablemente porque no calzo sus puntos periodísticos…; pero tampoco le pidió a Galeano que hiciera algo parecido a sus contratapas de «Brecha», ni a tantos otros periodistas o plumas destacadas de izquierda que tiene este país).
No pretendo hacer una defensa de Gestoso, que por otra parte él no necesita en absoluto. Pero, más allá de los detalles, es evidente que él planteó una realidad muy conocida de nuestro sistema de prensa, aunque lo hizo desde su prestigio internacional y su condición de no presionable para nuestros –a ese nivel– «pequeños poderosos». Puso de manifiesto una verdad que la sabe hasta el que asó la manteca.
Para la cultura del demoliberalismo capitalista, en el Uruguay hay plena libertad de prensa: cualquiera, desde su canal de televisión, su diario, su radioemisora, o su emisora de cable, puede emitir el mensaje que quiera, o dejar de hacerlo en los casos que se le antoje. Claro, es una libertad muy cara de ejercer; hay que tener alguno de esos medios, o contar con el ‘navicert’ de alguno de los que los poseen. Y el que los tiene, suele concentrar una combinación de ellos; tener amigos en el poder político, con los cuales se intercambian favores; formar parte de esa pequeña minoría que integra la estructura de poder de una sociedad.
El problema está en que algunos pensamos que la verdadera libertad de prensa consiste en la capacidad que todos los miembros de una sociedad deben poder tener para acceder a la intercomunicación masiva de sus ideas de manera horizontal, sin interferencia de poder alguno que se lo impida. Y, por definición, ello es incompatible con la «libertad de prensa» de los poderosos.
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