La interpelación bipolar

La próxima interpelación del senador Larrañaga al canciller y al ministro de Economía ya dio sus frutos. Debieron encontrarse dos ministros en bipolaridad, para hacer frente a la interpelación votada, en apurada búsqueda de un mínimo común denominador que no les deje en blanco.

La interpelación a un ministro en este tiempo, es algo así como un proceso de revitalización y refinanciamiento para todo interpelado. A priori se sabe que el resultado será un informe en mayoría aprobando la gestión ministerial con aplauso, medalla y beso, cualquiera fuere esa gestión o el motivo de la interpelación de turno.

Es algo así como una película con el final que ya hemos visto antes. Solo resta la curiosidad inocua de conocer los detalles menudos de la trama, desde el seguro que al ministro que fuere le da el paracaídas, de una mayoría que le asegura un suave aterrizaje, aun cuando viniera en caída libre y en picada.

Hoy el interpelado de turno sale siempre inexorablemente reconfortado por su bancada y respaldado por el Presidente de la República. Si a usted, amable lector, le toca ser ministro del actual gobierno y siente que está medio flojo en su gestión, procúrese una buena interpelación. Podrá entrar de bastón, pero saldrá por la puerta del Palacio al trotecito.

La única expectativa radica en que quizás surja alguna información sobre hechos que no hay forma de conocer, porque los temas nacionales inexorablemente se cocinan en la hermética olla a presión de los órganos del monopólico partido en el gobierno.

Porque lo dicho, dicho está, en la interpelación el festival de recortes de prensa y actas de versiones taquigráficas, más algún efecto audiovisual, todo será muy contundente. Por eso el gobierno sentó a sus dos ministros en torno a una mesa para que alinearan lo inalineable, pero con el imposible propósito de demostrar que dos cosas absolutamente antagónicas pueden ser absolutamente compatibles entre sí. Una petición de principios imposible, que solamente la mayoría parlamentaria del gobierno hará posible.

Por un alado Astori con Vázquez a favor del TLC con nombre mimetizado, con un pie en el andén y morral al hombro, listos para negociar cómo subirse al tren del libre comercio con los Estados Unidos. Por el otro y absolutamente en contra, Gargano junto a las organizaciones de base, sindicatos y los sectores más votados del Frente Amplio.

Se estableció la política de una sola voz, la del Presidente o la de quien él determine, aunque justamente para hablar por él es que también existen los ministros que nombra el Presidente, ya que un ministro sólo es designado y sostenido por la exclusiva voluntad del Presidente de la República.

Los interpelados en simultáneo procurarán neutralizar las abismales y radicales diferencias que el país conoce hasta el hartazgo, referidas a si el tren del tratado de libre comercio con los Estados Unidos hay que abordarlo o si tendrán que rescatar a algún ministro de debajo de sus ruedas, mientras los socios del Mercosur nos lanzan admoniciones y anatemas desde lejos o a domicilio por su orden y según sea el caso.

Como fuere, los dos ministros se tuvieron que juntar y ponerse sí o sí de acuerdo en una versión única, buscando con urgencia un mínimo común denominador al que ambos ministros de posiciones radicalmente antagónicas arribaron forzadamente para la ocasión. Nos dirán seguramente que coinciden en las metas, pero que su diferencia está en los caminos a transitar. Quizás hasta se ofrezca una consulta popular.

Seguramente se dirá que todo es por la felicidad del país, la protección del trabajo de los uruguayos y la ampliación de un mercado externo como el norteamericano que tanto beneficio puede dar siempre que no perjudique los intereses nacionales.

Será una forma de decir lo obvio sin decir nada, de rumbear hacia la felicidad sin decir cómo ni por dónde, mientras los concertadores del tratado desconcertadamente siguen sin saber a qué atenerse, porque después de todo, lo debiera firmar el canciller por ser su competencia, pero que es el mismo que no quiere saber nada del asunto.

Empantanados en la duda feroz. O negociar muy bien y lograr el tratado contrariando al canciller que no lo quiere, o si les va muy mal y no hay tratado, queden magníficamente con su jefe, pero espantosamente mal con el Presidente y los ministros de economía y de industria que están entusiasmados con volver a besar a Condoleezza.

Quizás pueda ser una estrategia genial, pero no es fácil contentar a las bases sobreexcitadas por años contra los Estados Unidos y contra el Fondo Monetario y hoy tener que convencerlos de que la salida del país está en un libre mercado con Estados Unidos y en el pago anticipado al Fondo Monetario, el mismo que, ya lo ha dicho, espera ansioso la reforma tributaria y el ajuste a tiempo de las tarifas públicas. *

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