Algunas precisiones históricas
El gobierno uruguayo, con serenidad y con modestia, sin falsos triunfalismos, mostró la diferencia entre uruguayos y argentinos tras los fallos con respecto a las plantas de celulosa a instalarse en Fray Bentos. No sólo el gobierno sino también su pueblo.
Pero, y siempre hay un pero, yo soy un sencillo ciudadano, sanguíneo, que no es gobierno auque ayude modestamente en algo para que hoy gobierne la izquierda, y por lo tanto, según mi parecer y como simple mortal no tengo por qué soportar los patrioterismos, los patoterismos y ese acendrado nacionalismo que los hace ir a la plaza de Mayo tanto a festejar un campeonato como al llamado del dictador Galtieri diciendo «que venga el principito que lo estamos esperando».
Cuando la guerra de las Malvinas, llenaron la plaza y son tan agrandados que creyeron que le podían ganar una guerra a EEUU e Inglaterra, más allá de que las islas pueden ser o no argentinas.
Y creo oportuno referir a los lectores una historia que estoy casi seguro que ustedes no la conocen. Hasta 1818 las Malvinas tuvieron como jefe a un tal Rivero o Riveiro, ya que las islas estaban bajo jurisdicción del apostadero naval del puerto de Montevideo y los porteños lo sacaron y se instalaron, hasta que en 1832 los ingleses los expulsaron sin mucho alboroto. Ahí los porteños ya metieron la cola entre las patas como muchas veces.
La historia muestra a los argentinos con esas ínfulas virreinales. Intervencionistas, porteños de Sarratea, antiartiguista, ni que decir de Pueyrredón o de Mitre, mostrando ya los gobiernos de fines de siglo XIX y principios del siglo XX su prepotencia. Tampoco me olvido de que Cevallos quería adueñarse de nuestras costas, lo que hoy son nuestras playas.
El pasado los condena. Si no, recuerden lo que hizo Mitre junto a los brasileros y al traidor de Flores cuando sitiaron Paysandú y mataron a Leandro Gómez.
Todo esto de las plantas hubiera podido tener un final mucho más fácil y de rápida solución si hubiera existido la sensatez y el coraje de reconocer, por parte de la Argentina, que no se puede defender lo indefendible.
Un país, un gobierno, un pueblo –chico él– una vez más los bajó del pedestal y les demostró que aquello de David y Goliath hoy tiene vigencia, con modestia y humildad.
Para mí es fácil comprender la frustración, la tristeza y aun la rabia que hoy anida en el alma de los argentinos. Pero los uruguayos hoy andamos contentos con el pecho reventando de orgullo, porque una vez más, todos en esto –blancos, colorados frenteamplistas– asumimos la responsabilidad de defender nuestra soberanía, sabiendo que la historia se encargará de agregar a nuestras queridas tradiciones, un laurel a los emblemas de nuestro querido y humilde paisito.
Acá quiero hacer un pequeño divague: queridos hermanos argentinos, no mientan más; el dulce de leche no lo inventaron ustedes, Carlos Gardel es uruguayo, el tango nació en Uruguay, Tita Merello es uruguaya, dudo de que el Che sea argentino, por lo menos denme ese beneficio ya que poco se acuerdan de él. Cantidad de cosas podría nombrarles reveladoras de que ustedes se quieren adueñar de ellas pero hay una que no puedo dejar de destacar: José de San Martín es uruguayo, así lo sostienen varios historiadores. Nació cerca de Carmelo, y las pruebas estaban en la Calera de las Huérfanas donde figuran en un libro los hermanos de San Martín y falta la hoja donde consta su inscripción pues fue arrancada.
Esto último tendrá sentido si todos entendemos que está escrito desde mi perspectiva de ratón de biblioteca que siempre quiere estar cerca de la verdad histórica, y quizá con la esperanza de que algun día la verdadera historia golpee a los argentinos y por lo menos los vuelva más modestos. *
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