Plegaria laica por la paz en el Medio Oriente

Como Martin Luther King tengo un sueño, aunque sé que mi generación no verá su realización: una paz completa y genuina en el Medio Oriente, una paz de los espíritus que contribuya a consolidar la paz en el mundo entero: una paz, con un Líbano totalmente reconstruido, en un Medio Oriente en el que haya desaparecido la obsesión del exterminio de Israel, en el que el islam intolerante y agresivo haya dejado lugar a un Islam humanista sinceramente comprometido con la confraternidad entre las tres grandes religiones monoteístas. Una paz sin terrorismo, sin mística de la violencia, ni exaltación del asesinato suicida, una paz basada en la sincera reconciliación de todos los pueblos y etnias de la región. Una paz sin odios ni violencias entre árabes y judíos, entre sunitas y chiitas, entre islamitas y distintas corrientes moderadas del Islam. Una paz libre de una cultura del resentimiento, del rechazo al otro, del culto a la superioridad de una creencia sobre otras. Una paz activa basada en una genuina colaboración por el desarrollo económico y social de toda la región. Una paz en la que la hostilidad entre israelíes y libaneses y entre israelíes y palestinos sea algo superado, como lo son hoy la enemistad histórica entre Alemania y Francia y entre Japón y los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Una paz en la que nadie quiera sojuzgar a nadie mediante la violencia y en la que las crueles persecuciones de los negros musulmanes por los árabes musulmanes, como las que suceden actualmente en Darfur, sean simplemente algo imposible. Una paz basada en un genuino respeto a la democracia y sus valores, con plena igualdad para ambos sexos y la celosa salvaguardia de los Derechos Humanos.

Una paz en la que los coches bomba, los asesinatos masivos por terroristas suicidas, los bombardeos en los que mueren civiles y la violencia como estilo de vida no sean más que un mal recuerdo del pasado. Una paz en la que no sea posible un estado dentro del estado dedicado a fines bélicos contra vecinos cercanos o lejanos. Una paz en la que haya relaciones fraternas entre un estado israelí de mayoría judía y un estado palestino de mayoría musulmana. Una paz de fronteras abiertas, de colaboración, de pleno respeto a las diferencias. Una paz cada vez más libre de armas, en la que los ejércitos, las milicias, las guerrillas y toda clase de grupos armados se conviertan en recuerdos pintorescos e inofensivos. Una paz en la que el desarme de Israel sea una medida realista y no un acto de locura suicida. Una paz en la que no haya luchas por la hegemonía ni de potencias mundiales ni de potencias regionales.

Una paz sin ejércitos extranjeros ni ejércitos locales al servicio de intereses extranjeros. Una paz edificada sobre la tolerancia, en la que existe pleno derecho a creer y a no creer, a cambiar de religión o a abandonar toda fe religiosa. Una paz en la que hombres y mujeres tengan plena igualdad, en la que la convivencia y el respeto mutuo entre diferentes culturas, diferentes visiones del mundo y diferentes estilos de vida, sea tan natural como el sol que sale todas las mañanas. Una paz en la que ningún país aspire a prevalecer sobre otro, en la que todos se consideren socios de una gran empresa constructiva común. Una paz que se nutre de la diversidad, de la multiplicidad de ideas y la variedad cultural. Una paz en la que no haya vencidos por que nadie deseará ser vencedor. Una paz comprometida a la vez con la modernidad y el pasado, con las ricas herencias culturales de todos sus pueblos y los últimos avances científicos y tecnológicos. Una paz en la que no haya miedo a las ideas, a las disidencias, a la audaz exploración de nuevos caminos para la gran aventura colectiva de la humanidad. Una paz humana, libre de teologías dogmáticas, de fuerzas teocráticas y de minorías clericales autoerigidas en representantes de la divinidad. Una paz en la que el estado de Israel podrá ser generoso con sus vecinos, porque tendrá la seguridad de que su generosidad no será interpretada como debilidad o cobardía. Una paz sin fanatismos religiosos ni interpretaciones belicistas de textos sagrados. Una paz libre de triunfalismos arrogantes, de mesianismos del odio, de sueños de grandeza basados en el sojuzgamiento de los diferentes. Una paz en fin, que encarne los sueños de los profetas bíblicos y los grandes humanistas de todos los tiempos.

¿No es esta una utopía, un sueño imposible, una fantasía tan alejada de la realidad como la tierra lo está del planeta Marte? Quizás. Sin embargo, más de una vez en la historia la dura pedagogía de la guerra, la muerte y la destrucción ha llevado a la sensatez a los pueblos cegados por pasiones insensatas.

Cabe esperar que la terrible guerra vivida hasta hace pocos días en el Medio Oriente tenga un efecto parecido y que cuando termine podamos hablar de un nuevo comienzo en un mundo en paz; un mundo en el que ningún país se crea con derecho a cuestionar del derecho a la existencia de otro; un mundo ancho y fraterno, que no sea ajeno para ningún ser humano. *

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