El legado de Aparicio Saravia a 150 años de su nacimiento
La figura consular del Partido Nacional es obvio que fue el libertador Manuel Oribe. No sólo por ser su fundador o padre, sino fundamentalmente el ser el ideólogo de la colectividad en el tiempo. Pero sin duda, la segunda figura trascendente lo fue Saravia. Particularmente por todo el romanticismo desinteresado y generoso que se desprende de toda su gesta.
El 16 de agosto de 1856 nacía el águila del Cordobés en una familia de trabajo, revolucionaria, nacionalista en su mayoría absoluta, comprometida con su tierra gaucha. El viejo «Chico» su padre aspiraba que Aparicio fuese un hombre de «letras» y lo envió a un colegio religioso en Montevideo (Belvedere). Fue por poco tiempo. Admirador del «mulato» Timoteo y de cuna blanca, se escapó a caballo del pupilaje a plegarse a su respetado caudillo que levantaba su Partido en la Revolución de las Lanzas (’74). La más gaucha de todas las revoluciones, como se le llamó. Al llegar a sus pagos de Treinta y Tres se topó con un piquete revolucionario al mando de «Lanza Seca», que conociendo su apellido y antecedentes, lo plegó a sus fuerzas. En el primer encontrón con las tropas de línea coloradas, fue tanto el valor desplegado e idoneidad en manejo de la lanza, que medio en broma y mucho en serio, se ganó el mote del «cabo viejo». Tenía sólo trece años. Pasaron los años, y ante la muerte de su hermano Gumersindo al volver de la revolución de los farrapos en Brasil a hacerse cargo de la nuestra, hereda la jefatura de los «vecinos alzados» contra la corrupción colorada y el liderazgo de su propio Partido, no obstante el resentimiento de la mayoría de los doctores de rancios apellidos atrincherados en el Honorable, enemigos del populismo humilde del caudillo que representaba el sentir del auténtico pueblo Blanco. La oposición que reinaba -vale la anécdota real- en la última reunión del caudillo con el Honorable, coincidió con una «parada» militar en la misma Plaza Matriz con bombos y fanfarrias. Uno de los doctores del Honorable se levantó fastidiado después de larga discusión, y abriendo la ventana le enrostró: «Mire, general, allí los tiene. ¿A ese ejército se quiere enfrentar?». Ante lo cual el gaucho, despacioso, se animó y mirándolos respondió: «Tiene usted razón, doctor, no se puede, tienen banda he música». Socarronamente se retiró y al otro día el «negro Camundá» sonaba su mítico clarín llamando a filas para rescatar a la Patria. Ganó la revolución y por supuesto los doctores que lo fustigaban, trataron de «acomodarse». La historia siempre se repitió. Saravia y sus blancos jamás hicieron las revoluciones para obtener el poder o imponer ideologías europeas ajenas, que nada tenían que ver con el celeste de nuestros cielos y la fresca brisa libertaria de la Patria. Lucharon y murieron por el voto secreto, por la representación proporcional de las minorías y por la moral pública.
Era el ejemplo que cinceló el libertador don Manuel Oribe en el alma de su viejo Partido Blanco. Y Saravia recogía como prenda inmaculada en ejemplos de generaciones futuras.
Una bala lo alcanzó en Masoller. Había ganado la oligarquía corrupta imperialista. Pero la semilla se había sembrado en tierra fértil. Los vimos renacer con Herrera, con Carnelli, con Fernández Crespo, con Wilson y hoy mismo, no con el fusil sino con la verdad de la pluma y el verbo, aflorar una vez más en el acto del sábado en el Palacio Peñarol en los 170 años de vida partidaria, y hoy al pie de la tumba del Aguila del Cordobés, al exclamar «Presente mi General». ¡Vivan los blancos! ¡Carajo! *
Compartí tu opinión con toda la comunidad