Educación: principios que deben regir el debate
Se ha puesto en marcha el debate sobre la reforma educativa.
Tal vez para el ciudadano común –acuciado por angustias materiales que lo constriñen a no pensar en otra cosa que no sea cómo pagar las cuentas y llegar a fin de mes–, el asunto no reviste la importancia de otras reformas urgentes que el gobierno actual se ha planteado.
Es cierto que la reforma del Estado –una vieja asignatura pendiente– despierta naturalmente el interés de la opinión pública, que ha visto desde siempre la pesadez burocrática como un serio obstáculo para el desarrollo. Del mismo modo, la reforma tributaria –que actuará directamente sobre los ingresos de los individuos– concita una especial atención en la sociedad. Otro tanto podría decirse de la reforma del sistema sanitario, una necesidad imperiosa para revertir las condiciones injustas en que deben atender su salud los ciudadanos.
No obstante –y sin quitar importancia a las otras reformas planteadas– la reforma educativa es esencial para el desarrollo del país y para mejorar la calidad de vida de sus habitantes.
La educación, el sistema educativo de una comunidad, es un reflejo –o está en función– del modelo de país, del modelo de sociedad a que aspiran mayoritariamente los ciudadanos.
Al respecto, creemos pertinente transcribir parte de un análisis del escritor y pensador argentino Ernesto Sabato a propósito de este tema de la educación. Dice Sabato en «Educación y crisis del hombre», publicado a fines de los setenta:
«El mundo está gravemente enfermo de incredulidad y correlativamente de feroces dogmatismos. Y la educación no puede ser ajena a esos padecimientos, pues, en desdichada dialéctica, es su raíz y su consecuencia; porque no sólo se manifiesta en las escuelas, en las universidades, sino también en la calle, en las fábricas, en los estadios deportivos y dentro de cada hogar, a través de esas pantallas cuasirradiactivas que en la oscuridad fascinan y trastornan el alma de los niños. Así la educación no puede ser extraña al drama total de esta civilización, no puede no participar de las fallas esenciales que agitan el universo espiritual de nuestro tiempo y amenazan con su derrumbe. (…)
Se comete, por lo tanto, un grave error cuando se pretende reformar la educación como si se tratase de un problema meramente técnico, y no el resultado de la concepción del hombre que sirve de fundamento, de esos presupuestos que la sociedad mantiene acerca de su realidad y su destino y que, de una manera u otra, definen una manera de vivir y de morir, una actitud ante la felicidad y el infortunio. (…)
La educación no se lleva a cabo en abstracto, ni es válida para cualquier época o civilización, sino que vale en concreto, se hace con vistas a un proyecto de ser humano y de comunidad: Esparta no puede imponer la misma educación que Atenas, ni los estados totalitarios la misma que las democracias. Ante todo, esos presupuestos señalan qué es lo que se quiere de un pueblo y con qué fines hay que educarlo: si para lograr guerreros o humanistas, si para producir verdugos o seres respetuosos de sus semejantes».
Nunca tan a propósito una tan lúcida reflexión sobre las metas y las características de la educación. Nos consta que para los especialistas y técnicos a quienes compete en definitiva el diseño de una reforma educativa, estas ideas de Sabato no son extrañas. No obstante, creemos que no está de más recordarlas de manera de tener presentes ciertos principios generales a la hora de abordar tan delicada tarea. *
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