Las águilas no cazan moscas
Gilberto Vázquez sigue con su show. Un ex militar doblemente antidemocrático: primero golpista y luego contrario a toda salida de la dictadura, entra en escena.
Está en manos de la Justicia por un pedido de extradición por violación de Derechos Humanos, al mismo tiempo que está sometido a Tribunal de Honor por haberse fugado, violando la palabra empeñada y el honor de la fuerza que integró. Es el mismo que dice haber estado activamente –pala en mano– desenterrando cadáveres de personas víctimas de la tortura degustada por salvajes de una misma calaña. De esos que para vergüenza de la nación los hubo en ambos bandos. Es el mismo personaje que ayer estuvo tan cercano de la bomba puesta a Sanguinetti, quien vuelve hoy una vez más en alocado ataque.
Afirma por ejemplo que desenterró los cuerpos de los desaparecidos. Si así fuera, entonces no habría más delito continuado de desaparición forzada de personas sino homicidio, con las consecuencias jurídicas resultantes del tiempo transcurrido. Pero dice además que los militares en plena dictadura recibieron de un civil la orden de hacer desaparecer los restos sepultados y estos militares increíblemente acataron el pedido y solícitos salieron a cumplirlo.
Afirma en su dislate que también sabe –porque así se lo dijo un militar hoy a sus efectos espurios convenientemente fallecido– que ese mismo civil entonces desde el llano, les exigió a los militares en el poder más absoluto, que Wilson Ferreira debía quedar fuera de la lid electoral al tiempo de la salida de la dictadura y estos lo acataron.
Cree en su delirio, que puede afectar el valor de la histórica salida institucional dificultosamente acordada por personalidades democráticas indiscutidas, como Tarigo, Seregni, Sanguinetti, Chiarino y tantos otros, a los que también insulta. Son los dichos de quien se hamaca entre la inimputabilidad de su locura manifiesta y la maliciosa estupidez de sus dichos.
Ofende a Wilson, un hombre excepcional, informado e inteligente, un patriota que cultivó con Sanguinetti una amistad que no solo fue personal sino políticamente esencial para la consolidación del primer gobierno democrático posdictadura, que en el 85 por mandato electoral, lideró el presidente Sanguinetti en su primera exitosa presidencia. Fue un tiempo de realización del complejo y prometido cambio en paz, donde Wilson, Seregni y Tarigo fueron protagonistas esenciales.
Ofende a Seregni, como si él hubiera podido estar de acuerdo en la exclusión de Wilson. El país entero sabe que desde la oposición fue otro hombre esencial en el proceso de consolidación democrática de ese primer gobierno y que al salir de su injusta prisión –como también lo hiciera Wilson en su momento– nos convocó a la paz y galvanizó definitivamente la democracia, ingresando a la mejor historia del país.
Pasa factura interna a quienes contrariamente a él y sus amigos, aun siendo militares ilegítimamente en el poder, después del histórico plebiscito del 80 donde el pueblo dijo No, aceptaron buscar una salida acordada y lo cumplieron.
Este hombre de alma gris y rostro disfrazado es parte del mismo grupo que escondido entre las sombras, puso un explosivo con la intención de amedrentar a Sanguinetti y otro día según dice, para asegurar su impunidad, desenterraba los cuerpos de quienes fueron ejecutados o muertos en tortura.
Sus dichos molestan pero no ofenden, porque felizmente sigue siendo cierto que no ofende quien quiere sino quien puede. Desde su desvergüenza o su incordura, habla sonriendo, como si todo fuera un chiste, o quizás buscando un beneficio tan inconfesable como presumible.
Si estuviera el maestro Tarigo entre nosotros, seguramente nos diría a los uruguayos que el asunto no da para más, que «las águilas no cazan moscas», que la nación tiene hoy problemas graves que tenemos el deber de resolver entre todos, más allá de la locura o la malicia de un oscuro personaje. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad