El tren de la historia

Revuelo y discusión netamente ideológica subyace bajo un eventual acuerdo comercial con los EEUU. La sola presencia del Sr. Everett Eisenstatt, durante la Conferencia «Uruguay en la Economía Global» despierta suspicacias y lecturas diversas. La estrategia de los amos del mundo, tan añeja como la juliana e imperial frase «divide et impera», sacude la conciencia de quienes apostamos a subirnos al tren de un Uruguay inserto en la región y el mundo. El propio canciller Gargano, tan ácidamente criticado por la derecha política en estos días nos ha hablado con meridiana claridad de la nueva política exterior del Uruguay, vinculada entre otros aspectos a un comercio abierto al concierto mundial de naciones. Por cierto -va de suyo- que pretender concatenar tales prácticas mercantiles con la ideología parece grosero. Tan grosero y tendencioso como el permanente y burdo intento de pretender fracturar al Frente Amplio y su gobierno. Hoy atacando su política exterior, mañana haciendo lo propio con la «monserga» de la sensación térmica de inseguridad pública. La derecha es coherente con su discurso destructivo e infértil. No asumió en el pasado su brutal deuda con los pobres, ni mucho menos ha hecho una autocrítica responsable de su derrota electoral. El Uruguay de hoy posee en tanto, otros conductores y soportes más auténticos y representativos.

Se sustenta en una obra de ingeniería política con tan solo 35 años de vida que sobrevivió a la cárcel, la tortura, el exilio, la clandestinidad y la muerte, capaz de articular y conducir un proceso de acumulación de fuerzas.

Fue, por cierto, fundada en valores muy ajenos a la política de favores y al sistema clientelístico que preñó al estado de incapacidad y corrupción.

Llegó a la vida del país en su momento de mayor convulsión social y política para pacificar desde la raíz al colectivo social y hoy es gobierno, pese a quien le pese.

En esa dinámica tan compleja que le atañe en el presente de instrumentar políticas de estado y no de partido -responsable y lealmente a una Constitución y a un programa- aparecen distintas miradas sobre la inserción internacional del Uruguay. Es natural que así sea, más allá de realidades que rompen los ojos y pesan a la hora de tomar decisiones. El trabajo y la producción nacional pesan en la conciencia de los gobernantes de izquierda. En medio de tamaños desafíos acompañados de una globalización que no es tal -cuando de comerciar en forma equitativa se trata- no podemos mercantilizar nuestra inserción en la región y en el mundo. Nuestra apuesta no está en convertirnos en los fenicios de América del Sur. Pasa sí por una estrategia de regionalismo abierto que multiplique favorable y sustancialmente nuestras exportaciones hacia el mundo y la región -más allá de sus actuales asimetrías- y le brinde a su vez a la inversión extranjera, en la lógica de una economía de mercado, reglas claras de seguridad jurídica para proyectos de desarrollo sustentable.

De manera concomitante nos convoca la necesaria construcción de una Patria Grande donde el «toma y daca» no tiene lugar. Existen sí otros valores sustentados en la cristalina solidaridad entre pueblos como la que hoy recibimos de Cuba y sus médicos oftalmólogos. Se traduce en la capitalización de una Cofac arrasada por la crisis financiera, en la inserción de Ancap en la Cuenca del río Orinoco, en la reconstrucción del Hospital de Clínicas de la mano del pueblo bolivariano de Venezuela y su gobierno. Allí se hace carne sin cálculos economicistas la palabra «compañero». Esa instancia superior de convivencia fraternal y despojada de mezquindades y cláusulas de letra chica posee otras bienvenidas reciprocidades para avanzar la marcha del tren de la historia y su ineluctable destino. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje