Contundente exigencia de verdad
Resulta difícil sustraerse al impacto, a la vez emocional y de razón, que contiene la carta de la Asociación de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos publicada ayer viernes por LA REPUBLICA.
Desde el punto de vista más inmediato, casi se podría decir corporal o biológico, la demanda de verdad de la Asociación de Madres y Familiares resuena con un eco que resulta difícil de extinguir. Es una voz que se dirige a nosotros todos. Este silencio y este ocultamiento no debieran continuar.
Visto desde la sociedad en su conjunto, analizado desde la óptica de si las instituciones del derecho tienen algún sentido o no, las voces de los familiares tienen un contenido y debieran tener un eco ineludible. En este terreno de si vivimos bajo un régimen institucional o sobre el imperio de la fuerza, nadie tiene derecho a hacerse el sordo.
Resulta paradójico la manipulación que intenta llevar a cabo un grupo de individuos acusados de los peores delitos políticos de la historia del país. Enfrentando la acción de un gobierno que actúa de acuerdo con la ley y buscando la restauración del estado de derecho, la patota que operó en la Argentina y coordinó sus crímenes con las fuerzas armadas de otros países de la región, sigue intentando prolongar su impunidad.
Descuella en esta actitud el coronel retirado Gilberto Vázquez, entregado a una suerte de espasmo exhibicionista de sus hazañas.
Como ha dicho bien el tenaz y lúcido periodista Roger Rodríguez, las supuestas confesiones de Gilberto Vázquez no son sino obra de un «desinformador profesional».
Bajo su responsabilidad compartida con otros oficiales que como él estan en prisión, trascurrieron hechos sangrientos y de horror que resultan vergonzosos para quienes los llevaron adelante. Y es sobre esa materia de crímenes repugnantes al decir del doctor Tabaré Vázquez, sobre los que este señor se permite realizar sus fuegos artificiales de mentiras y ocultamientos.
Los escritos y las declaraciones formuladas ante la prensa por parte del coronel retirado Gilberto Vázquez, carecen de toda credibilidad. Prestarles atención es un divertimento inútil que sólo consigue hacerle perder tiempo al lector y bienes materiales a quien lo edita.
En modo alguno es de esta forma que debe prestarse credibilidad a lo que diga.
Los magistrados disponen de una formación técnica, una experiencia y unos lineamientos perfectamente establecidos en el orden legal vigente desde el cual interrogar a personajes como Gilberto Vázquez.
No se trata de un sujeto verborrágico que se pasea por los distintos escenarios desparramando afirmaciones y ocultamientos. Se trata sí de que con él la sociedad proceda de acuerdo con las normas que se aplican en la indagación judicial de cualquier delito.
Salvo ante un juez penal, uruguayo o argentino, Gilberto Vázquez no tiene nada que hablarle a los ciudadanos uruguayos.
El largo ciclo de impunidad en que ha vivido, unido a una indudable propensión a la megalomanía, lo empujan a ocupar la mayor cantidad de espacios periodísticos posibles.
Embriagado por el río de palabras que lanza a diestra y siniestra, el ex coronel se siente un Napoleón o un Dios con mayúscula, y reparte premios y exculpaciones a diestra y siniestra: fulano estuvo, sutano no estuvo. Perengano está enfermo. Y el otro de más allá no se merece que se lo acuse.
¡Por favor, no dejemos que se enturbie el aire ahora que parece que viene clareando!
Ni la sociedad uruguaya ni los familiares y amigos de los hombres y mujeres uruguayas víctimas de la desaparición forzada de personas debieran tener que soportar las frivolidades y agravios de un individuo de esta catadura. *
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