El inglés nos invade
Un lector nos acerca su preocupación por la invasión de términos extranjeros y sus absurdas versiones pretendidamente castellanas. El ingeniero Osvaldo Solís se sobresaltó al leer la siguiente información aparecida el 3 de junio pasado: «Sorpresivamente la DGI deja sin efecto registración en la venta con tarjetas».
Refelxiona, con razón, que sin perjuicio de admitir neologismos o incluso términos extranjeros, es importante mantener la pureza del idioma. No se deberían usar palabras ajenas, extrañas a la estructura del castellano, cuando esta lengua dispone de términos perfectamente definidos, con todas las sutilezas semánticas propias.
El mataburros realacadémico es inapelable. El sustantivo registración no existe en castellano. Sí figura el modesto pero correctísimo registro, «acción y efecto de registrar». Registración es, pues, una disparatada traducción del vocablo inglés registration, cuyo equivalente español es registro.
El sometimiento al inglés conduce a este tipo de dislates risibles, pero también a confusiones y mutaciones semánticas peligrosas.
Hay un caso que siempre me llama la atención, y es la errónea traducción del verbo inglés to ignore (que no es exactamente lo mismo que not to know) por ignorar, un vicio demasiado extendido como para abrigar la esperanza de erradicarlo, máxime teniendo en cuenta cómo la Real Academia Española se muestra dispuesta a aceptar alegremente, y a incorporar al diccionario, variaciones semánticas y giros extraños al español.
Es así que todos decimos, y nadie se sorprende por ello, que Fulano ignora a Mengano o que Zutano ignoró la advertencia o que el ministro suele ignorar las recomendaciones del Parlamento. Ignorar, en español, no significa más que «no saber algo, o no tener noticia de ello», por lo que la primera oración significaría que Fulano no tiene noticia de la existencia de Mengano, la segunda, que Zutano no se enteró de la advertencia, y la tercera, que el ministro suele no saber que el Parlamento le recomendó algo, cuando cualquiera se da cuenta de que lo que se quiso decir fue que Fulano desaira a Mengano, hace como que no lo ve, lo soslaya, o no lo tiene en cuenta; que Zutano desoyó la advertencia, hizo caso omiso de ella, o la desdeñó; y finalmente, que el ministro suele pasar por alto las recomendaciones del Parlamento, prescindir de ellas, o no tenerlas en cuenta.
Y qué decir del doblaje de seriales y películas estadounidenses donde se hace decir, por ejemplo, a la protagonista: mi novio me dio esta argolla por mi cumpleaños, cuando cualquier hispanohablante medio diría mi novio me regaló este anillo…
Así vamos, incorporando al castellano clones impuros de lenguas extranjeras en desmedro de la precisión y de la riqueza de nuestra lengua materna.
–Después de esta perorata, creo que tenemos que drinkarnos otra, ¿no le parece?
–¡Qué lo parió! *
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