Corporativismo versus democracia
Resulta curioso que a pesar de que la inmensa mayoría de los uruguayos pensamos que la democracia liberal es la mejor forma de gobierno, dos por tres apoyamos medidas que van en contra de ese sistema. La creación del Consejo Nacional de Economía (CNE) es un buen ejemplo, por lo que, poco antes de que se lo convoque, queremos exponer algunas de las consecuencias de la extraña convivencia en nuestra sociedad de instituciones de gobierno corporativas y democráticas.
El siglo XX conoció además de la democracia liberal, el fascismo y el comunismo. Afortunadamente entramos al siglo XXI con la mayor cantidad de países en la historia regidos por gobiernos democráticos (según Naciones Unidas), y sólo a modo de reliquias subsisten las excepciones. Sin embargo, en muchas democracias, y en la nuestra en particular, no sólo sobreviven nostálgicos del fascismo y del comunismo, también perviven algunas instituciones fascistoides, lo que viene a ser peor.
Analicemos de dónde surge el CNE. La crisis del 29 golpeó duramente a casi todos los países del mundo y sobre el descontento popular montaron su maquinaria los totalitarios. En esos momentos, principalmente en Europa, las democracias liberales estaban en retroceso y el fascismo y el nazismo lograban escalofriantes avances. En nuestro país, el 31 de marzo de 1933, el presidente constitucional Gabriel Terra dio el primer golpe de Estado del siglo XX. Algunos de los integrantes de la dictadura miraban con simpatía al fascismo italiano, incluso algunos al nazismo alemán, y lograron meter la cuchara en el nuevo diseño institucional que se plasmó en la Constitución de 1934. Una de las novedades fue la creación del CNE, que introducía por primera vez en nuestra historia la idea de que las corporaciones debían tener influencia en el gobierno.
El CNE supone que el gobierno debe decidir qué corporaciones son representativas de la sociedad, en general grupos de presión vinculados a los trabajadores o a los empresarios. Esto implica la pérdida del principio fundamental de la democracia, que es la representatividad de los gobernantes. En la medida en que el CNE no se conforma con el voto de los ciudadanos sino por los grupos de presión más eficaces, es una institución fascista contraria a la democracia.
Según el decreto del Poder Ejecutivo, el CNE tendrá 40 miembros, 14 serán representantes de los trabajadores, 14 de los empresarios, tres de las cooperativas, tres de los profesionales universitarios, tres de las ONG y tres de los usuarios y consumidores. Si bien cualquier integración sería inaceptable por las razones antes esgrimidas, hay cosas que llaman la atención. ¿Por qué no hay ningún representante de los contribuyentes, por ejemplo? ¿Por qué no se invitó a la Asociación de Contribuyentes? ¿A cuáles de las cientos de ONG se va a invitar a participar? ¿Se supone que las tres que vayan son representantes de todas o de ellas mismas? ¿Cómo se van a coordinar?
Los grupos de presión hace mucho tiempo que tienen un peso desmedido en la toma de decisiones colectivas en nuestro país, y el actual gobierno los ha reforzado. Cuando la libre interacción de las personas en el mercado es sustituida por las decisiones de grupos de intereses, no sólo se pierde eficiencia económica debido a la pérdida de la información que cada individuo hubiera aportado; también inevitablemente se optará por medidas reñidas con el interés de la sociedad en su conjunto.
El avance de las corporaciones implica necesariamente el retroceso del poder de los ciudadanos, y eso no puede ser una buena noticia. *
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