El drama de la enfermedad mental
En Madrid el reciente XV Congreso Internacional de Esquizofrenia y otras psicosis, recordó que en 39 millones de habitantes, son unas 400.000 personas las que padecen alguna enfermedad mental en España.
Desde esa base, en Uruguay con tres millones y poco de habitantes, no debemos entonces de estar muy lejos de los más de 20 mil enfermos mentales, que aun cuando no estén diagnosticados no están ausentes de sintomatología, con todo lo que ello significa para el enfermo, las familias, y para la sociedad.
Cuántas de esas personas son sacrificadamente atendidas o tan solo contenidas como pueden por su familia más íntima. Cuántos enfermos están hospitalizados por el Estado, cuántos en el sistema privado, o cuántos sin tratamiento alguno y cuántos aún carecen de diagnóstico.
No hay duda de que el tema de la enfermedad mental es otro de los que subyace en nuestras apuradas sociedades de hoy, tan afectas a barrer debajo de la alfombra todo lo que les resulta inconveniente.
Uno de los impactos positivos más fuertes que hemos vivido en Naciones Unidas, fue el informe del avance de la farmacología, que tornó ambulatorias, muchas situaciones que estaban condenadas al chaleco de fuerza, material o farmacológico, como única salida. Sin duda un formidable avance que requiere –para tratar el problema con eficacia– de la pesquisa y el diagnóstico temprano como en tantos otros casos.
En Uruguay la enfermedad mental es un drama casi irresuelto en materia de internación, requerida para mejor tratar a los pacientes o porque ya no es posible contenerles en el hogar y sólo queda la internación, ya sea en Salud Pública, o en centros privados de costo superior al soportable por el grueso de la población.
A ese crítico estado del sistema público, con todos sus dramas difícilmente describibles, se suma la situación de los afiliados al sistema mutual, cuyos socios en materia de enfermedades mentales y en el mejor de los casos, solo tienen cobertura de internación por pocos días.
Los números demostrados por este congreso sobre esquizofrenia en España son escalofriantes, mucho más en países como los nuestros donde a falta de pesquisas específicas, sólo aflora cuando la sintomatología aguda queda al descubierto.
Hemos planteado a las autoridades nuestra fundada preocupación por el previsible incremento de enfermedades mentales que deberá afrontar nuestro país en los próximos años, asociada al creciente consumo de drogas y alcohol, y agravada por la aparición del consumo del sulfato de cocaína o pasta base. Hemos recibido en estos días la conmovedora carta de una madre que nos narra su vida y la enfermedad mental de su hijo. En desusadas líneas manuscritas describe sin dejo alguno de reproche, el renunciamiento, el sacrificio y la angustia sostenida y sin esperanzas que significa hacerse cargo de un ser querido enfermo crónico y de conducta imprevisible.
Hay un gran número de hogares uruguayos, habitualmente sostenidos por la devoción de madres que quedan solas con sus hijos enfermos, y que la sociedad hace de cuenta que no existen. Cuánto le ahorran al país estas situaciones afrontadas desde el sacrificio personal. Debiera reaccionarse e ir en su apoyo, si no es desde el corazón, por lo menos desde la razón, aun cuando la razón sin corazón de poco vale.
Urge establecer un nuevo sistema de apoyo -incluso tributario- a la familia que dedica su vida a cuidar la desesperada situación de un enfermo mental en su domicilio. Este tema excede el marco de la enfermedad mental y se extiende a otros escenarios donde el mismo amor conjugado está al servicio sin esperanza de recuperación de un ser querido.
Es deber un insoslayable transitar caminos de comprensión y solidaridad, venciendo la inercia indiferente de una sociedad que parece estar cada vez más absurdamente ensimismada en sus mezquinos intereses. *
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