El capitalismo salvaje

Domingo 06 de agosto de 2006 | 5:43
  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

La última película de Constantin Costa-Gavras, un realizador emblemático del cine comprometido, aborda uno de los dramas sociales más impactantes debidos al capitalismo salvaje: la desocupación. La obra, titulada “La Corporación”, no se ocupa de la tragedia del desempleo en el sur pobre o en los países en desarrollo, donde adquiere proporciones y características dramáticas y donde está íntimamente asociado al fenómeno de la marginación.

La situación planteada en la película es propia de un país desarrollado perteneciente al norte rico: la Francia opulenta de comienzos del tercer milenio. Se trata, obviamente, de una realidad bien distinta de la nuestra, con otros problemas, otras necesidades y otras urgencias. No obstante, en esa realidad descrita magistralmente en la película, también es posible advertir los efectos de la globalización neoliberal impuesta desde la metrópolis imperial. La globalización del capitalismo salvaje también tiene efectos terribles en las sociedades de la abundancia, sociedades en las cuales, además de los problemas de marginación que sufren los inmigrantes y de la alienación del consumismo demencial, también rige, implacable, la competencia más despiadada.

La película de Costa-Gavras trata precisamente de eso, del individualismo a ultranza, de la lucha feroz por obtener un puesto de trabajo y de la disposición de un individuo de edad mediana, alto ejecutivo de una empresa que ha sido despedido por razones de restructura y reducción del personal, a apelar a cualquier medio, incluido el crimen, para reinsertarse en el mercado laboral.

Estos primeros años del siglo parecen, a primera vista, signados por el triunfo del pensamiento único del neoliberalismo, de Milton Friedman y sus “Chicago boys”, y la derrota del liberalismo humanista, cuyo referente más notorio ha sido el recientemente fallecido John Kenneth Galbraith, y que tiene, empero, seguidores y militantes de alto vuelo como Paul Krugman y el Premio Nobel Joseph Stiglitz. Estos economistas imbuidos de humanismo siguen librando una dura batalla para que la economía, que ha sido elevada al sitial más alto, se ocupe menos de los indicadores macroeconómicos y más de la calidad de vida de la gente.

No en vano, Galbraith ha opinado lo siguiente: “La deuda externa de Argentina y Uruguay es el resultado de préstamos imprudentes, otorgados por banqueros imprudentes a gobiernos imprudentes aconsejados por organismos multilaterales imprudentes”, según lo consigna una nota de Carlos Luppi en El País Cultural del viernes 4. Del mismo artículo tomamos esta otra opinión de Galbraith que vale la pena transcribir: “Yo no apoyo la política del FMI para los países subdesarrollados. Ahí hay que utilizar una ampla batería de medidas y no solamente una contraproducente austeridad. En cambio, estoy de acuerdo en que el actual déficit fiscal norteamericano y las altas tasas de interés son una seria causa de inestabilidad mundial. Si a alguien debe amonestar el FMI es al gobierno norteamericano”. Como puede advertirse, no se trata de un revolucionario ni mucho menos, pero tampoco de un ortodoxo. Es alguien que pretendió humanizar el capitalismo, suvizar sus extremos, reducir las injusticias.

Ahora bien, teniendo en cuenta la realidad mundial, la tendencia cada vez más marcada de concentración de la riqueza, puede resultar ilusorio esperar un capitalismo con rostro humano en el que prevalezca la solidaridad por encima de la competencia.

Y es legítimo dudar de la posibilidad de que el humanismo, la solidaridad y la sensibilidad social sean compatibles con el afán de lucro. *

  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

OTRAS NOTICIAS EN LARED21

    Comentarios


    Sabado 11 de Febrero, 2012
    Montevideo, UY
    Despejado, 24 °C