El estado oriental existe
«El Estado Oriental existe, pero su cuna es como la de Hércules: dos serpientes la rodean», decía Frutos Rivera en su correspondencia al Gobierno de Montevideo, al finalizar la Convención Preliminar de Paz en 1828, en pleno parto del Estado Oriental, refiriéndose a nuestros vecinos continentales.
Así como Hernandarias sabía que tras el ganado introducido vendría la vaquería y con ella los asentamientos humanos, el ganado servía a los intereses de los colonizadores. Hernandarias no introdujo vacas y caballos, para los indios. A pocas décadas los ejemplares se habían reproducido por millares, llenando todo el territorio dando a las praderas el sentido económico que empujaría a la colonización
Los que redactaron la ley forestal tambien sabían que tras los montes vendrían las plantas de celulosa. Los insensatos que redactaron esta ley forestal, pudieron estar movidos por malévolas o benévolas intenciones, no interesa. Lo que importa son las consecuencias de sus actos. El Uruguay se suicida al entregar su territorio al apetito de las forestadoras. Los suicidas, por insensatos o cobardes, solo pueden inspirar lastimoso desprecio entre sus amigos y vecinos. La defección nunca se perdona. Esta ley forestal, votada en unánime frivolidad por malévolos y tilingos, comienza a surtir sus efectos desestabilizadores en la región. No es solamente el impacto ecológico de vertidos industriales, tal vez técnicamente disimulable, pero secundario al fin. Lo que trasciende nuesto presente inmediato, es el impacto biológico del cambio de destino de la tierra sobre la vida humana. Si la vaquería del mar deteminó por tres siglos el sentido del poblamiento de estas tierras, el monocultivo de eucalipto le dará otro acorde a su naturaleza. Y es el uso de la tierra lo que determina la cantidad y calidad de población humana que viva sobre ella. Si la vaquería hizo posible por dos siglos la diversa actividad humana que animó este territorio, muy otra ha de ser la determinada por el monocultivo papelero. El monocultivo forestal se constituye como agente despoblador del territorio, compitiendo por tierras y aguas con los cultivos alimenticios, encareciendo las subsistencias elementales. Con lo que el resto de los productos de la tierra han de ver sus costos adversos magnificados y el consumidor urbano encarecidas sus subsistencias. Se ha generado un proceso de modificación del interés colonial de estas tierras para el capital internacional. Esto ha de determinar cambios en la cantidad y la calidad de pobladores que esta tierra ha de sustentar en el futuro.
La inserción regional de este territorio convertido en gran estancia forestal, con estatuto de zona franca para las corporaciones papeleras, altera el significado geopolítico del Uruguay. Más allá de las declaraciones públicas, de los manifiestos americanistas de algunos dirigentes, lo que determina la integración es nuestra potencial complementación económica con los vecinos. Como zona franca forestal no tenemos nada en común con nuestros vecinos. Entramos al Mercosur con un diseño de país desintegrador. Uruguay plaza financiera, gran lavadero financiero. Eran tiempos de adversidad para los intereses nacionales de la región. ¿Qué más se podía esperar de Menem, Lacalle y Collor de Mello? Eran los tiempos de la «pizza con champagne». Ese Mercosur liberal pretendía forzar al Brasil hacia una política económica desindustrializadora, libreimportadora. Era la «Triple alianza» de los libreimportadores contra el modelo industrial brasileño. Por suerte, Itamaratí vio la trampa, e hizo confluir los intereses del pueblo brasilero y los de su poderosa burguesía industrial paulista, desalojando a los entreguistas liberales de su gobierno.
«Este Mercosur no nos sirve, queremos más y mejor Mercosur», dice el Presidente. Su ministro Astori pide permiso a los vecinos mercosurianos para lo que todos saben está haciendo por debajo de la mesa, «a la sordina», negociando tratados bilaterales que pueden convertirnos en el Gibraltar del sur.
Por otra parte, Mujica trata de hacer un lugar al país productivo, disputándole tierras al latifundio forestal multinacional, mediante leyes que permitan la colonización humana de nuestro espacio geográfico en franco proceso de vaciamiento demográfico.
Como hace dos centurias, Uruguay, «pradera, frontera y puerto», nuestra privilegiada geografía nos hizo campo de batalla de los imperios y sus aparceros. Queremos jugar como nexo, pero fuimos diseñados para separar. Somos en fin, federales nostálgicos y unitarios prácticos.
El Estado Oriental existe y quedó marcado por su pecaminoso mal parto histórico; no puede con su naturaleza, como el escorpión de la fábula: para ser, debe negarle el ser a sus vecinos. *
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