Ni guerras, ni armas, ni ejércitos
En un mundo siempre convulsionado por la violencia como lamentablemente es el nuestro, a veces comienzan a sonar más fuertes los tambores de la guerra. Hoy están cayendo bombas y cohetes asesinos en el Líbano, también algunos en el norte de Israel, que además de matar a niños, mujeres y hombres inocentes, pienso que intentan matar a la dignidad humana.
Como hace 61 años, en 1945, en Hiroshima, en situaciones y condiciones distintas, la humanidad ve abrirse camino nuevamente, a la tesis de que puede condenarse a la muerte a unos, generalmente de otros pueblos, de otras razas, para poner a salvo a otros.
No podemos dejar de reconocer las complejidades de un conflicto que lleva décadas, ni razones o argumentos que se puedan esgrimir de una u otra parte, pero condenamos el intento de Israel, acompañado por los EEUU, de resolverlo a través de la muerte. Los argumentos están planteados, casi toda la comunidad internacional reclama un cese al fuego. Para qué seguir matando. Esa matanza da más argumentos o condena a los responsables.
Piensa el gobierno de los Estados Unidos, que pisoteando el derecho de los pueblos instaurarán un orden internacional basado en la paz y la justicia. Se impondrán por la fuerza. Dominarán por las armas.
Es imperioso recorrer el camino del desarme mundial, y de todos los países en particular. La carrera armamentista por su propia existencia promueve guerras, conflictos, violencia. Las ganancias inescrupulosas del complejo industrial militar, ensucian las manos de los gobernantes, que lo posibilitan y estimulan a través de sus políticas belicistas, como sucede con claridad en los Estados Unidos. Cuántas películas, cuántos juegos de maquinitas, cuántos dibujos animados para nuestros pequeños, estimulan la mente humana a favor de la violencia, la guerra, la muerte. Todo esto contribuye a mal formar a los niños, jóvenes y adultos. Ayudemos a comprender, a valorar, a sentir ideas diferentes, de afecto, de paz, de respeto, de tolerancia.
Es tan importante el peso de carrera armamentista, que genera inmensos gastos para la muerte y destrucción, que la supresión de una ínfima parte de ellos posibilitaría mejorar en forma inmediata y fundamental la vida de mil millones de seres que viven en la extrema pobreza en el mundo.
Como expresa el maestro Miguel Soler, que termina de recibir el título de Doctor Honoris Causa de nuestra Universidad de la República: «La fabricación, venta y uso de las armas son actividades contrarias a la civilización que deseamos, y los educadores debemos denunciar su persistencia y luchar por su más pronta abolición. Como lo hizo Costa Rica en 1949.»
Hace muchas décadas, ya se levantaba una voz, una preclara voz, para reclamar la abolición del ejército en nuestro país. Decía el doctor Emilio Frugoni, en setiembre de 1920, ante la Cámara de Representantes: «Tenemos el convencimiento profundo de que nuestro país no necesita para nada del Ejército. Sin duda lo necesita el gobierno para intimidar a sus adversarios políticos y para disputarles con el electorado del cuartel el triunfo de las urnas. Esas son, precisamente dos grandes razones para que reclamemos su abolición.
La paz interna hoy no la garantizan los batallones, sino más bien la amenazan».
En ese mismo espíritu, creemos que no puede quedar un sector tan importante del país, como son las Fuerzas Armadas, ajenas al proceso democrático y pacifista que procesa nuestro gobierno.
Como educadores, creemos que la educación de las fuerzas armadas y policiales debe orientarse en el mismo sentido democrático, de respeto pleno a los derechos humanos, de comprensión, de solidaridad, igual que la de todos los orientales. Deben abrirse las puertas de estos enclaves. Ya vivimos las amargas experiencias del país oscuro de la dictadura.
Finalmente, nada de común ni de contacto con los grandes violadores de los Derechos Humanos en todo el mundo, es decir el gobierno de los Estados Unidos. Las fuerzas armadas de ese país ejecutaron durante décadas en nuestra América Latina, flagrantes violaciones, en Nicaragua, Guatemala, Cuba, Panamá, por mencionar algunas. Hoy ofrecen inocentes ayudas para construir una Policlínica en Santa Catalina, luego algunas viviendas, y luego algo más.
Así empezaron otras historias. Sangre y sufrimiento para los pueblos. Así actuó impunemente la Escuela de las Américas en Panamá. Si como dicen ellos, podemos ser un socio estratégico en la región, no asumamos, por inocencia o conveniencia, ese triste papel. Los principios, y no sólo los intereses, deben contar. *
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