El discurso de Dan Gillerman

ESCUCHÉ EN VIVO y en directo, en la tarde uruguaya del domingo, el discurso del embajador de Israel Dan Gillerman ante el Consejo de Seguridad. El canal de CNN en inglés lo pasó íntegro. En cambio, dedicó escasos segundos a la intervención de apertura de Kofi Annan, quien reclamó una condena por la matanza de civiles en Cana por parte de Israel, propuesta vetada por EEUU del mismo modo que vetó la condena por la masacre de miembros de la misión de la ONU (Finul), también en el sur del Líbano. El secretario general de la ONU lamentó asimismo que a su llamado por el cese inmediato de hostilidades en el Líbano se interpusiera, otra vez, el veto de EEUU. (De paso sea dicho, una declaración del gobierno venezolano de condena a Israel por la masacre de Cana incluye una crítica firme al uso sistemático del derecho de veto por parte de Estados Unidos). En la mencionada emisión televisiva apenas pudimos oír una frase de la alocución del representante libanés Nuhad Mahmud, quien reclamó al Consejo un alto al fuego inmediato y señaló que las agresiones de Israel son «crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en todos los sentidos del término».

El embajador Gillerman habló cuando estaba fresca la sangre de las 60 víctimas, entre ellos 37 niños, del edificio de Cana arrasado; cuando se seguían retirando cadáveres de los escombros; cuando continuaban los bombardeos de autos y ambulancias en las carreteras próximas, dificultándose la llegada de ayuda humanitaria. Una ciudadana uruguaya nos ha acercado testimonios aterradores al respecto, coincidentes con los que brindó en la propia CNN la reportera del diario irlandés Irish Times, Lera Marlowe. Pues bien: en mi vida he escuchado un discurso tan hipócrita y cínico, falaz y mentiroso como el del representante del gobierno israelí.

Comenzó con condolencias y pedidos de disculpa (we are sorry), invocación a errores (mistakes), los famosos daños colaterales. Pero rápidamente dio vuelta al trolley y cambió el destinatario de la acusación que a esa hora estaba formulando el mundo entero. «Esa gente (los pobladores de Cana) ha muerto quizás por el fuego israelí (¿quizás?), pero son víctimas de Hezbolá, del terrorismo», manifestó. Siguió una larga diatriba con la técnica común a EEUU e Israel de justificar todos sus crímenes con menciones al terrorismo. Luego, ya en tono francamente provocativo, altanero y soberbio, blandiendo el índice, acusó a Irán y Siria y aleccionó al gobierno libanés, recomendándole que educara a sus niños (teach your children).

Sobre lo primero, los responsables de la masacre. La culpa de Israel quedó en evidencia de manera flagrante cuando, apenas unas horas después del anuncio al mundo de una tregua por 48 horas (que fue hecho por el Departamento de Estado antes que por el gobierno de Tel Aviv), éste la violó descaradamente y volvió a bombardear el sur del Líbano, utilizando la misma técnica artera que en ocasión de la matanza a los integrantes de la Finul. De algún modo, el discurso de Gillerman preanunciaba esta maniobra vil. También lanzaron la especie descabellada de que lo que había explotado en Cana era el arsenal de Hezbolá, aunque el propio José Levy, cuya misión en la vida es justificar en la CNN las agresiones de Israel, reconoció que lo más probable es que las muertes se debieran al impacto de las bombas israelíes.

Sobre cómo enseñar a los niños, la oración de Gillerman en buena medida se vuelve por pasiva. Tengo a la vista una foto de la carátula de Brecha del 21 de julio, que muestra a niñas israelíes escribiendo mensajes sobre proyectiles que serán lanzados en el Líbano, como reza la leyenda. El crédito pertenece a Pedro Ugarte, de AFP. Con un paisaje campestre de fondo, la primera niña escribe con un marcador multicolor sobre un misil, otras dos esperan su turno, mientras tres soldados armados las vigilan, el último de pie sobre un tanque.

Un lector del semanario comentó al respecto que «esos artefactos bélicos a veces se usan como bulldozers para pasarle por arriba a las casas que molestan o a alguna militante por la paz, venida quién sabe de dónde», y agrega esta reflexión: «¿Qué destino puede tener un régimen que fomente o, por lo menos, no prohíba acciones de este tipo? ¿Qué fundamento y objetivo pueden tener, los que ostentan el poder, para triturarles el alma y la conciencia a sus niñas y niños de esta manera? (…) El objetivo es plantar, sobre la ingenuidad de la niñez, soberbia e impunidad».

Sobre Hezbolá: no debe olvidarse que nació como fuerza de resistencia a la primera invasión israelí, en 1982. Y que ahora, frente a la agresión renovada, su prestigio está en ascenso, como era predecible.

Tan predecible como que Israel continuará su escalada sangrienta, como convinieron Olmert y la señora Rice con el expreso apoyo de Bush, para quien estos crímenes monstruosos –y no hay quien lo saque de ese trillo– son la expresión del derecho de Israel a defenderse.

En otra nota he comparado la conducta de Israel en Cana con la de los yankis en My Lai. También aflora el recuerdo de Lídice, de Oradour-sur-Glane, de la masacre en una zona de Roma ocupada como venganza ante una acción guerrillera y cuyas víctimas reposan en las Fosas Ardeatinas. *

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