A 178 años de la Independencia

Hace dos meses recordábamos desde estas mismas páginas que el 4 de octubre de 1828 se firmaba en Río de Janeiro el acta que declaraba nuestra independencia. Firmaban el Imperio de Brasil, las Provincias Unidas (hoy Argentina) y el Reino Unido (Lord Ponsonby). Sin ningún representante de los supuestos interesados orientales. Allí se acordaba garantizar la independencia de la antigua Banda Oriental o Provincia Cisplatina. No se definían los límites y subyacía o sobrevolaba el claro acuerdo que ambos vecinos dejarían pasar un tiempo (¿cinco años? ¿diez?) para retomar el tema de qué hacer con este territorio habitado por los orientales que había vibrado con Artigas y su concepción federal. Que habían soñado con la autonomía provincial dentro del contexto americano.

Nuestros vecinos estaban fatigados de guerras limítrofes y los asuntos internos les requerían otros tiempos y todas las energías bélicas. Lord Ponsonby era ferviente partidario de la «independencia» oriental al estilo de una ciudad más del norte de Europa o de las decenas que habían creado en Extremo Oriente, para facilitar la libertad de comercio con la correspondiente libertad de puertos que facilitaba el libre tránsito de las mercaderías en el liberalismo mundial que estaban desarrollando. Con ojo imperial se daba cuenta de que esta jugada enlentecía o cerraba definitivamente la posible creación de otro estado importante que se extendiera por la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Paraguay. Era mejor relacionarse con varios chicos que con tres grandes. Por otro lado nuestros vecinos preferían también el fraccionamiento fronterizo a semejante estado que tendría soberanía sobre los cuatro ríos de penetración continental y con posible extensión al altiplano boliviano generando un corredor Atlántico-Pacífico que ellos veían impedido o extremadamente difícil de obtener.

Aquella posibilidad sucumbe definitivamente con el invento de la Triple Alianza donde nuestros vecinos se reparten parte del territorio paraguayo, la navegabilidad de los ríos y a nosotros nos hacen herederos de los trofeos de guerra que dignamente nos negamos a recibir. Ya Venancio Flores había accedido a la Presidencia de la República, que era lo que buscaba, ¿qué le podían interesar dos cañones viejos, tres banderas rotas y cuatro charreteras de oficiales desconocidos? Claro, sin ser nostálgicos, comprendemos que entonces nuestro actual Mercosur tendría otro equilibrio de fuerzas que harían innecesarios los discursos de generosidad y solidaridad de los grandes, que se olvidan que no dejan pasar a la gente, las bicicletas y el arroz por sus fronteras. Otro gallo cantaría.

Pero de aquellos sueños nosotros despertamos y las nostalgias parece que habitan otras cabezas. El canciller brasilero viene a decirnos a nuestra propia capital qué alianzas con «extranjeros» podemos o no podemos hacer. El canciller argentino nos manda decir si podemos o no instalar las industrias que queremos o en su defecto dónde.

No se trata de despertar inconducentes nacionalismos, pero se trata de hacernos respetar. Hasta en la desventurada hipótesis de ser una provincia de cualquiera de los dos vecinos reivindicaríamos nuestro sagrado deber de autonomía provincial como lo aprendimos de Artigas.

Hay gestos que parecen pequeños y lo son, pero tienen su importancia simbólica. Uruguay perdió Martín García, que era el último baluarte de la soberanía de los ríos de penetración. Hoy está frente a un desafío mayor y de cruda actualidad y proyección de futuro. Este es un tema de sano nacionalismo. Uruguay debe reivindicar el Rincón de Masoller, aunque sean ¿sólo? 300 km

Creo en las políticas de proyectos internacionales, por supuesto que reivindico la Patria Grande. Pero no creo que sea dejándonos atropellar que contribuiremos mejor a la realización del pensamiento artiguista. *

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