La espiral de violencia

Una imagen vale más que mil palabras».

Nunca tan a propósito la clásica sentencia como en el día de ayer, cuando toda la prensa publicó fotos de la agencia AFP tomadas en la ciudad de Cana –en el sur del Líbano–, en las que se ve a un hombre con un niño en brazos –herido o probablemente muerto– corriendo entre los escombros. La elocuencia de ese testimonio gráfico radica en todo lo que sugiere ese rostro en el que se mezclan el asombro, el dolor y la rabia, en medio del caos de edificios derruidos tras el ataque perpetrado el domingo por la aviación israelí.

Un panorama similar puede verse del otro lado de la frontera, en la ciudad israelí de Haiffa, donde civiles son evacuados ante una ofensiva de misiles de Hezbolá.

Como era de prever, la espiral de violencia bélica en Medio Oriente no se detiene, y afloran todos los lugares comunes y frases hechas a propósito de la insania de la guerra.

El saldo del último ataque israelí en territorio libanés –el del domingo 30– es definitivamente aterrador: 57 muertos, de los cuales 37 niños; más de la mitad (prácticamente dos tercios) de los muertos civiles libaneses del domingo eran niños.

¿A dónde puede conducir esta demencia?

A medida que transcurren los días, las posiciones se tornan irreductibles y no se avizora el fin de un conflicto que, lejos de resolver problema alguno, ha incendiado los odios, ha destruido todo y ha cobrado un número de víctimas inocentes absolutamente desmesurado. Parecería que ello responde a la desmesura creciente con que cada bando responde a la agresión del contrincante en esa escalada de violencia que no repara en medios para lograr sus objetivos.

Israel esgrime como pretexto para sus incursiones en objetivos no militares que los ataques de la guerrilla de Hezbolá provienen de barrios cuyos pobladores son cómplices o dan cobijo a los guerrilleros, y por tanto la respuesta bélica israelí debe apuntar a esos lugares, sin importar que las víctimas de los bombardeos sean todos civiles.

Desde luego que dicha actitud, contraria a las normas, absolutamente desmedida y esencialmente inhumana, mereció una condena mundial casi unánime, así como el estupor y el repudio de vastos sectores de la sociedad israelí. Y si fracasó una moción de condena (impulsada por Francia e Inglaterra) en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, es porque EEUU ejerció su derecho de veto.

Luego del trágico raid aéreo israelí contra Cana, se anunció que Israel suspendería las acciones bélicas durante 48 horas; no obstante, durante la jornada de ayer, el cese del fuego no fue respetado.

Es hora ya de que la comunidad internacional tome cartas en el asunto de modo de detener la escalada de violencia demencial. Como primera cuestión de urgencia, es preciso lograr un alto el fuego para evitar más destrucción y muerte de civiles inocentes.

Washington debe revisar su postura excesivamente tolerante y permisiva con los desbordes del gobierno israelí. Y las otras naciones con peso al interior de la ONU deben hacer valer su prestigio y su poder para instar a Israel a desistir del camino emprendido. Un camino que, como queda dicho más arriba, sólo puede conducir a un agravamiento de la situación y desembocar en un final incierto en el que todos resulten perdedores.

Todos los pueblos, las naciones, las razas, las culturas, las religiones tienen derecho a vivir y a manifestarse. Es un derecho que asiste tanto a Israel como a Palestina, al Líbano, a Siria y todos cuantos comparten el espacio de ese Medio Oriente donde florecieron las primeras civilizaciones. *

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