La lucha contra la droga
Tonto sería negar falencias y errores en la gestión policial; sólo quien no emprende cambios no corre el riesgo de equivocarse. Pero el balance general de la actuación de la Policía en esta administración es altamente positivo.
Veamos. En primer lugar, la ley de descongestionamiento de cárceles no tuvo los efectos catastróficos que agoraban sus detractores: el índice de reincidentes entre los beneficiados por la norma ha resultado ínfimo respecto de la media habitual, y la seguridad de los ciudadanos no se vio disminuida por la liberación anticipada de reclusos.
Por otra parte, resulta un hecho innegable que la policía ha mejorado notoriamente su eficiencia, tanto en tareas preventivas como represivas. Cierto es que se mantienen las carencias materiales de que adolece el instituto, pero nadie puede negar que la Policía se ha anotado algunos éxitos de importancia en su combate al crimen. Particularmente en el combate contra la droga, la eficaz acción policial, en coordinación con la Junta Nacional de drogas y con el Poder Judicial, ha permitido asestar golpes certeros al narcotráfico. Nos consta que la lucha contra el flagelo no se agota en esas acciones, pero todo indica que se está en el camino correcto.
La adicción, la dependencia de la pasta base es tan fuerte, que quien se halla atrapado en esa esclavitud no repara en medios para obtener la sustancia que ha de calmarlo durante unos minutos. Es así que el adicto pierde todo parámetro moral o punto de referencia con tal de hacerse de la dosis necesaria; robos, arrebatos, rapiñas, son moneda corriente, y se llega incluso a vender muebles, electrodomésticos y hasta partes de una vivienda (hojas de ventanas y puertas) amén de otras pertenencias familiares para obtener recursos con que satisfacer las necesidades de droga.
Son innumerables los dramas familiares que se viven a diario, cada vez con mayor frecuencia, y fundamentalmente en los sectores sociales más vulnerables. Esta última acotación es de suma importancia, ya que la pasta base es una droga de bajísima calidad que, además de los trastornos que implica la adicción a toda sustancia psicoactiva, trae aparejado un daño adicional por su alta toxicidad debida al hecho de ser el residuo de la elaboración de cocaína refinada. Su precio es notoriamente menor que el de otras drogas y por ello el mercado consumidor está conformado en un altísimo porcentaje por jóvenes y adultos de clase baja.
La alarma de la población ante esta realidad llevó a un grupo de madres y familiares de jóvenes adictos a la pasta base a conformar una asociación civil, «Madres de la Plaza», que empezó a movilizarse en reclamo de una acción más firme de las autoridades, exigiendo que se ataquen las «bocas» de distribución de la droga.
También reclaman tratamientos clínicos más eficaces, pues sostienen que los centros de rehabilitación –públicos y privados– ejercen una continentación del adicto muy limitada.
Dijimos en un editorial el mes pasado: «Entendemos que la lucha contra la droga debe darse en varios frentes a la vez: una acción policial –preventiva y represiva– en coordinación con Aduanas; la implementación de centros de rehabilitación para los adictos que abarquen los aspectos médicos pero también el seguimiento de los adictos recuperados por parte de asistentes sociales; y, finalmente, indagar en las causas que están detrás de las adicciones; es decir, por qué todos esos muchachos necesitan refugiarse en los paraísos artificiales.
Suponemos que en este último aspecto debe de haber una multicausalidad y nos consta que el problema no es para nada sencillo. Pero entendemos que es menester empezar a averiguar esos porqués de manera de poder enfrentar el problema y atacarlo en sus causas».
Desde entonces, la coordinación de que hablamos empieza a dar sus frutos. La tarea policial se desarrolla con éxito y desde la Junta Nacional de Drogas, se lleva a cabo una labor de enorme trascendencia tendiente precisamente a atacar las causas del fenómeno y a rehabilitar a los adictos. *
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