Enseñar, pero, sobre todo, educar
Se hace frecuente escuchar a profesores y maestros decir que no están preparados para educar en las actuales condiciones de exigencia de los alumnos. Es cierto, nuestros institutos de formación docente han puesto el énfasis en preparar enseñantes no tanto como educadores. Las exigencias de los tiempos y las demandas de los educandos han corrido más rápido que los enfoques de los formadores de docentes. En instruir y enseñar tenemos una fuerte y destacada tradición cuando, seguramente, la educación de los niños y jóvenes tenían otros aportes y correctivos desde la sociedad civil. La familia, las parroquias, las instancias sociales intermedias ofrecían una referencia fuerte en una sociedad homogénea con muy fuertes características de continentación. Hoy nuestros niños y jóvenes reciben otros impactos de la información globalizada y la riqueza de la diversidad de opciones.
Nuestros centros educativos permanecen aferrados a una estructura enseñante, donde los planes y programas académicos son el desideratum. La convivencia está fuertemente pautada por la disciplina y las vivencias y experiencias profundas de los alumnos no encuentran personal adecuado para ser continentadas. Por esto, entiendo, los centros educativos deben apuntar a integrar a otro personal docente que acompañe a los maestros y profesores como los psicólogos, psicopedagogos y asistentes sociales.
Estamos viviendo un dinamizador clima de debate educativo donde estos temas surgen en distintas reuniones y encuentros a los que asistimos en Montevideo y el Interior del país. Sería una gran frustración que todo este esfuerzo se propusiera solamente la reforma de la actual ley de educación. Este no debe ser el fruto más preciado de esta movida.
Aquí descubrimos temas, problemas, soluciones y anhelos que van más allá. La ley sólo podrá recoger los aspectos formales y de gobierno. Se necesita que quienes conducen el sistema educativo escuchen con atención las voces de docentes, padres, alumnos y funcionarios del sistema educativo para que sin demora y dentro de sus actuales competencias busquen encauzar soluciones.
Hace más de cuarenta años que nuestra enseñanza oficial no encuentra un adecuado lugar para escuchar y acompañar a los alumnos en sus problemas y conflictos sexuales que salen a luz en la convivencia liceal. Es cierto que falta formación en los docentes pero también hay exceso de un falso respeto que se encubre de laicidad y un «no te metás» que desconcierta a nuestros jóvenes.
Quizás hemos llegado a un exceso de control que mata las mejores iniciativas de los naturales pedagogos que nuestro país siempre tuvo. Sería bueno esforzarnos por descubrirlos donde estén y apoyarlos en lugar de limitarlos. Alentar a quienes pueden ser formadores de sus pares y estimular los encuentros, cursos, seminarios e instancias de estudio en aquellas zonas de la formación que encontramos carenciada.
Encuentro una real y sana disposición en querer prepararse mejor tanto en los estudiantes como en los docentes. Las instancias de convocación (públicas o privadas, en Montevideo o el Interior) tienen respuestas sorprendentes en cantidad de participantes y entusiasmo. Esto es bueno y alentador. *
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