El debate sobre educación
Tímidamente, el debate nacional a propósito de la reforma educativa empieza a efectivizarse, y no solamente en los ámbitos académicos tradicionales. Una interesante iniciativa impulsada por el Ministerio de Educación y Cultura y la Intendencia Municipal de Montevideo deberá implementarse a la brevedad. Se trata de la promoción del debate educativo por medio de actores que subirán a los ómnibus e interactuarán con los pasajeros como forma de despertar el interés del ciudadano común en un tema que a todos concierne.
Cuando en mayo pasado se lanzó la propuesta del debate, escribimos lo siguiente.
«Uno de los desafíos más importantes que el gobierno actual tiene planteados refiere a una reforma profunda del sistema educativo.
Junto con la política sobre derechos humanos, la reforma impositiva, el proyectado sistema nacional de salud y la propuesta de país productivo, la reforma educativa figura entre las principales apuestas de la administración encabezada por el doctor Vázquez.
Obsérvese que todas esas facetas del quehacer nacional están íntimamente vinculadas pues cada una de ellas resulta clave para que el país se encamine definitivamente hacia una sociedad más justa y desarrollada. Al mismo tiempo, bueno es tener presente que tomados aisladamente, ninguno de estos proyectos es suficiente por sí solo para llegar a la meta perseguida.
Es ya un lugar común afirmar que la educación en nuestro país ha sufrido un proceso de deterioro nefasto que nos llevó a una realidad bien distinta de lo que fue la educación hasta los años sesenta del siglo pasado. El nivel educativo y la cultura general del uruguayo medio eran motivo de orgullo nacional pues se situaban muy por encima de la media latinoamericana.
La crisis que empezó a mostrar sus efectos hacia fines de los años cincuenta también golpeó a la enseñanza, y sobre todo, a la enseñanza pública. No en balde durante la predictadura pachequista comenzaron los ataques más violentos contra autoridades, docentes y estudiantes; no en balde, ya bajo el gobierno de Bordaberry –pocos meses antes del golpe de Estado– el titular del MEC pergeñó una Ley General de Educación que significó un mazazo feroz contra la enseñanza popular y abrió el camino para que los coroneles metidos a profesores se dedicaran a su tarea demoledora.
La vuelta a la normalidad institucional marcó un alivio en la situación de la enseñanza, en la medida en que se ocupó de desfacer los entuertos más groseros cometidos por los motineros, pero la enseñanza no logró recuperar ni su nivel de otrora ni su prestigio. Sucesivas reformas resultaron ineficaces y los males de la enseñanza siguieron agravándose.
Por primera vez estamos ante un gobierno que parece dispuesto a hincar el diente a tan delicado y trascendente asunto. Ardua tarea la que aguarda a todos los actores involucrados en la empresa de reformar la educación. Porque no hay que olvidar que los males de nuestra enseñanza no pasan solamente por incrementar la asignación presupuestal. Nuestra enseñanza debe adaptarse a nuevas realidades, debe reformular sus metas, revisar los contenidos, modificar los programas. Debe observar un justo equilibrio entre la enseñanza libresca que predominó hasta mediados del siglo pasado, algunos de cuyas características aún perviven hoy, y la enseñanza «útil», es decir pragmática, que sólo se propone adiestrar a los jóvenes para su inserción laboral.
Y para colmo, la enseñanza debe enfrentar otros problemas no menores que amenazan seriamente los esfuerzos de las autoridades y los docentes».
Estos asuntos merecen un análisis minucioso y desapasionado. Debemos reformular las metas que nos proponemos (para qué queremos educar) así como las herramientas idóneas para alcanzarlas (qué educación queremos).
Bienvenido, pues, el debate sobre este asunto de enorme importancia para un país que se apresta a promover los cambios imprescindibles para el desarrollo y el bienestar de su gente. *
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