El diálogo empantanado

Como si se tratara de un juego diabólico de vaivenes, contramarchas y engaños, el gobierno argentino acaba de poner otro palo en la rueda a la posibilidad de un entendimiento y de una solución política y diplomática al conflicto por las plantas de celulosa.

Contra lo que era dable esperar, luego del fallo de la Corte de La Haya y del breve encuentro de Córdoba, la arrogancia y la prepotencia han asomado con inusitada virulencia en las señales que envían las autoridades del país vecino.

Una tozudez, un empecinamiento inexplicables desplazaron la sensatez y la prudencia en las declaraciones de los gobernantes argentinos.

Cuando el mismísimo canciller, Jorge Taiana, se hace presente en la asamblea de «ambientalistas» no para aplacar los ánimos ni para desarticular la protesta haciéndolos entrar en razón, sino para apoyar el fundamentalismo absurdo y patotero, no puede leerse otro mensaje que un grito de guerra destemplado e incivilizado. El canciller argentino parece haber decidido (¿con la anuencia del presidente Kirchner?) doblar la apuesta. Ahora ya no se trata de suspender las obras para dialogar, ni de exigir procesos industriales sin cloro, ni siquiera de desplazar la instalación de las plantas hacia un lugar más alejado de la frontera: ahora, lisa y llanamente, la pretensión argentina es que las fábricas no se construyan; que Uruguay no tenga industria de celulosa y que renuncie definitivamente a su derecho de desarrollarse; o, tal vez, se pretenda imponernos la obligatoriedad de consultar previamente –casi «pedir permiso»– al hermano mayor antes de emprender cualquier actividad económica. En tales condiciones, cuando un país grande se propone imponer su superioridad a uno chico, el diálogo se torna innecesario, y toda tentativa en ese sentido, toda apelación a la reflexión, al derecho, a la justicia y a la racionalidad resulta inútil.

Tal parece ser la triste conclusión a que ha arribado el gobierno argentino. En un desborde incomprensible, desechan la propuesta de monitoreo conjunto y todas las alternativas y razones expuestas por Uruguay. Es más: profundizan su pretensión de que los organismos crediticios internacionales se abstengan de financiar los emprendimientos celulósicos.

En toda esta postura inamistosa y demencial resalta un hecho inaudito: el visto bueno que de hecho da el gobierno argentino a las protestas de los gualeguaychuenses alucinados, sosteniendo la disparatada tesis de la legitimidad de los cortes de rutas por tratarse de una manifestación de «la libre expresión en defensa de un derecho que los entrerrianos consideran legítimo», según palabras textuales de Jorge Taiana.

Luego que el Tribunal de La Haya desestimó la pretensión argentina de suspender las obras como medida cautelar, nadie dudó de que se retomaría la senda del diálogo civilizado para dirimir el conflicto y que prevalecería la razón. Sin embargo, el gobierno argentino está actuando como un mal perdedor, como el que no acepta que no se le dé la razón y está dispuesto a lo que sea con tal de lograr su objetivo.

Es muy lamentable constatar esta realidad, porque la actitud argentina conspira no solamente contra el desarrollo y el crecimiento económico de un pequeño país vecino; también pone en tela de juicio la viabilidad del bloque regional. *

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