Las derechas y el Mercosur
Las derechas uruguayas todavía no han logrado sobreponerse al impacto de los avances logrados en la reunión de Córdoba. De la de Córdoba capital y de la otra, en Alta Gracia, de fuerte significado político y simbólico.
Es que los pasos dados por los gobiernos progresistas de la región suponen un avance sustantivo en un terreno, el de la integración, que venía sumando obstáculos y contratiempos.
En el fondo, todo proceso de integración regional es un desafío para los sectores económicamente dominantes. Es la hora de la mirada en alto, de las opciones estratégicas, de los planes de largo plazo y de la fijación de objetivos que trascienden los intereses de campanario en el que suelen estar entrampados los núcleos dirigentes tradicionales.
Esos sectores económicamente dominantes están ahora bajo la presión de gobiernos de nuevo tipo. Después de decenios de autoritarismos y alternancias neoliberales, el estrepitoso fracaso de esas recetas ha abierto el camino de los cambios y es así que han llegado al gobierno de nuestros países elencos, partidos y personalidades que ya no se cortan con las tijeras de las viejas oligarquías.
Elencos surgidos de las luchas obreras y populares contra las privatizaciones y las políticas de apertura que liquidan la industria local, gobernantes comprometidos con los cambios y con la formulación de políticas que procuren contemplar los postergados intereses de los pueblos.
El enérgico paso adelante impulsado por los presidentes en Córdoba marca la consolidación de la línea de acción latinoamericanista que había aflorado hace unos meses en la Cumbre de Mar del Plata.
Pero los avances logrados en Córdoba superan largamente aquella expresión. El rechazo a la propuesta norteamericana del ALCA, de Mar del Plata, se ha transformado ahora en una línea de acción positiva y posible para los países de la región. Para los EE.UU. es un revés histórico. Tal como lo analiza Horacio Verbitsky en la edición del lunes del matutino porteño Página 12: «La cumbre cordobesa marca el momento de menor influencia en la región de Estados Unidos, cuya agenda levanta espesas volutas de humo en porciones más alejadas y sufrientes del planeta, oportunidad que el Mercosur ampliado no parece dispuesto a desaprovechar».
El analista argentino pasa revista a los logros obtenidos, país por país. Y a la vez agrega: «Esto no quiere decir que no subsistan dificultades. Por el contrario, pocas veces estuvieron tan a la vista, ya sea las que surgen de las asimetrías entre miembros de distinta envergadura cuanto las originadas en diferencias bilaterales; las tensiones debidas al vínculo de algunos de ellos con potencias ajenas a la región o los reacomodamientos de poder interno derivados de la ampliación del bloque, en el que la presencia de Venezuela implica un factor de reequilibrio entre la Argentina y Brasil. Pero desde las palabras iniciales hasta las de clausura, pronunciadas por Kirchner y Lula en dos discursos tan concisos como sustanciosos, esas dificultades fueron asumidas como parte de un proceso largo, difícil y sinuoso pero irreversible y fecundo».
Para finalmente concluir: «La acentuación de su perfil social, político y cultural junto al económico, definido como un espacio para el bienestar y el crecimiento dentro de una comunidad política y productiva; el reconocimiento de las necesarias salvaguardias y compensaciones que requieren los países que sufren retrasos relativos; la incorporación de Bolivia, Paraguay y Uruguay a los proyectos gasíferos iniciados por Brasil, Venezuela y la Argentina (y la invitación a Bolivia a convertirse en socio pleno del bloque) muestran un Mercosur conflictivo pero más vital que nunca».
Los que apostaron, desde posiciones conservadoras, a la extinción del proyecto de integración regional en el Mercosur están bajo los efectos de un insoportable mal humor. Hace mucho tiempo que no tenían un revés tan intenso y tan extendido. *
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