La formación docente en una encrucijada
Nos ha llegado una comunicación del Centro de Estudiantes de Magisterio (CEM) bajo forma de Carta Abierta a la Sociedad Uruguaya.
Los futuros maestros reclaman –con toda razón– que quienes tendrán en sus manos la delicada misión de educar a los niños reciban una verdadera formación integral que trascienda la mera capacitación que los hará aptos para transmitir a los educandos determinadas técnicas.
Está claro que si lo que se pretende es nada más que obtener ciudadanos con alguna destreza que les permita integrarse como un engranaje más al sistema económico, la «educación» puede limitarse al aprendizaje de algunas técnicas y punto. Pero si de lo que se trata es de que los niños y jóvenes tengan una formación integral que los convierta en adultos con espíritu crítico y comprometidos con su tiempo, es absolutamente impostergable que los encargados de formarlos reciban a su vez una formación acorde con su delicada tarea.
Es imposible soslayar un hecho: el nivel general de «cultura» de los uruguayos ha experimentado una baja considerable cuyo origen está en las políticas «educativas» impulsadas por el régimen cívico-militar. Entonces se intentó –y por desgracia en parte se logró– desmantelar el sistema educativo que hacía hincapié en la formación humanista de los individuos arrojando por la borda principios, programas y docentes de primer nivel.
La formación de los educadores ha sido confiada a unos Centros de Formación Docente que ofrecen tres (sí, tres) planes diferentes que han tenido la virtud de caotizar la formación de los educadores y de rebajar en definitiva su nivel. Todas estas reformas, minirreformas y contrarreformas son muchas veces producto de la novelería cuando no de la frivolidad de funcionarios que no han dado lugar –porque no han querido escuchar su opinión– a otros actores del área.
Es así que –tal como lo denuncian los estudiantes del CEM– en el futuro habrá educadores con tres diferentes formaciones además de las ya existentes. Cuando faltan dos meses para la finalización de los cursos, los alumnos de primer año del Plan 2000 no cuentan con un sistema de evaluación aprobado para dicho plan. Tampoco están establecidos ni el plan ni los programas de estudio (con contenidos y objetivos) para segundo y tercer año de ese plan. Al mismo tiempo, se está considerando la reducción de la carga horaria de las prácticas docentes. A todo este panorama por demás desalentador, hay que sumar las trabas burocráticas que impiden reválidas obvias, obligando a aquellos que han aprobado ciertas materias en otra carrera a volver a cursarlas, lo cual opera como un desestímulo para los jóvenes estudiantes.
Si a esta situación alarmante le agregamos la avaricia presupuestal del equipo económico de gobierno, parece claro que la conclusión a que hay que llegar es que las autoridades hablan mucho de la necesidad de apostar a la educación pero en los hechos actúan como si quisieran destruirla.
El llamado de los estudiantes de Magisterio merece la inmediata atención del Codicen y una urgente respuesta a sus planteos.
Pero también merece la atención del cuerpo social, porque sólo en la medida que la sociedad tome conciencia de la gravedad del problema que plantean los jóvenes del CEM en su misiva, estaremos en condiciones de –entre todos– abocarnos a una solución que contemple las aspiraciones de los involucrados y las metas que el país debe tener en materia educativa.
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