El estado de caos
Marcelo Jorge Filomeno
Es el que vienen anunciando los productores rurales a través de sus instituciones más representativas, en tanto el gobierno profundiza su política económica continuista y se agudiza la depresión. No obstante, algo se ha avanzado en la recuperación de un utópico «país productivo», a treinta años aproximados de la implantación del modelo neoliberal. En efecto, el presidente Batlle renueva la confianza en la producción pecuaria, más allá del clásico esquema de prestador de servicios que se impuso al país en su momento como fuente de riqueza. En ese sentido, cual modernos Hernandarias, estamos redescubriendo, quinientos años después, las bondades de la gran pradera oriental del Uruguay. Claro que el mundo ha avanzado también mucho en el aspecto productivo y cualquier país que pretenda tener algún destino trata de cubrir todas sus necesidades, incluidas las agrícolas –con énfasis en el concepto de seguridad alimentaria–, más allá de su obtención con ventajas en el comercio internacional, velando asimismo por la suerte de sus productores, cualesquiera fueren, que son también su gente, su pueblo, sus ciudadanos.
No es la descripta, lamentablemente, la preocupación del actual gobierno. El caos del que hablan los rurales no le importa, definitivamente, puesto que no habrá –obviamente– revolución, solamente expulsión de la gran pradera, de los chacreros, limitados a producir pasturas y sin posibilidades de remontar el endeudamiento. El negocio está planteado para los grandes y recién llegados. Y, aunque a muchos disguste, la acción del gobierno está avalada por la omisión de la oposición, que no supo ser gobierno cuando debió serlo, perdiendo el factor sorpresa por el sabotaje de la minirreforma en 1994 y autoderrotado por la maxirreforma con balotaje en 1999. Ahora pues los «rebeldes» quedan afuera: del gobierno, si alguno tiene, por supuesto; de la oposición, si no se rinden al aparato burocrático, también; y del país, si no aguantan más, como los rurales, retrocediendo el país un siglo y medio.
En el cuadro de decadencia se inscribe el triunfo definitivo de las ideas neoliberales en nuestro país, cuando caducan en el mundo, arrasando la estructura productiva, destruyendo la esperanza colectiva e instalando una demagogia conocida. Prueba de lo último son las lágrimas de cocodrilo derramadas por algunos respecto a la agroindustria azucarera –muerta y enterrada– a la cual defendimos en vano durante quince años, contra la opinión de economistas y políticos, quienes, con una sola excepción relevante, consideraban demagogia y locura su defensa, la cual hacíamos basándonos en lo que siguen haciendo los países desarrollados.
En la misma línea de pensamiento hoy nos preguntamos también por qué esos países ofrecen recibir inmigrantes agricultores, instalándolos y remunerándolos dígnamente, con más recursos por supuesto de los que tuvo el Uruguay para recibir el siglo pasado a nuestros abuelos, pero además para trabajar tierras que no tienen nada que ver en cuanto a calidad con las nuestras y sometidas a la reja desde la prehistoria. Aquí se intenta fundamentar en el desgaste de los suelos para expulsar la agricultura e implantar la gran pradera.
Seguramente el caos del que hablan los rurales no es sólo el de su sector, sino el sistémico, y no se superará con emigraciones, exclusiones y/o represiones. Esto vale tanto para gobernantes como para gobernados, para oficialistas y para opositores.
* Escribano
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