El maestro Miguel Soler
En su edición del pasado día domingo, LA REPUBLICA informaba que la Universidad había otorgado el título de Doctor Honoris Causa al maestro Miguel Soler. Alta distinción que engalana al muy apreciado compañero, al hombre de rumbo claro en la Educación, a quien ha entregado de lleno toda su vida para dignificar al ser humano y la sociedad, sembrando la esperanza en la lucha por combatir las condiciones de vida que oprimen a los pueblos. Lo hizo con amor, con entrega total, con inteligencia y con la conciencia que lo educativo, lo social y lo económico van entrelazados.
Hace ochenta años llegaba a Montevideo Miguel Soler, pequeño catalán que acompañaba a sus padres inmigrantes, quien se convirtió en orgullo y referencia del magisterio nacional. Hoy, con la juventud de construir siempre el futuro y con la sencillez que tienen los hombres grandes, ha vuelto al Uruguay para aportar al Debate Educativo y al proceso de cambios del sistema educativo.
Se recibió de maestro en nuestro país trabajando veinte años en el medio rural. Cofundador de la Federación Uruguaya del Magisterio, corredactor de los programas para escuelas rurales de 1949. Organizó y dirigió entre 1954 y 1961 la experiencia del Núcleo Escolar de la Mina donde se aplicaron con éxito métodos de educación comunitaria.
Las fuerzas conservadoras de aquel momento, las que veían con temor la promoción social de los humildes y la dignificación de las condiciones de vida desmantelaron la experiencia de La Mina, no toleraron que Miguel Soler y un grupo de maestros volcaran sus generosos esfuerzos en que los olvidados de los rancheríos rurales tomaran conciencia de poder ser constructores de su destino y ser agentes de cambio.
Tampoco se lo perdonó la dictadura, cuando en el libro «Testimonio de una nación agredida» redactada por un grupo de jefes del Ejército que mancillaron el uniforme traicionando la confianza de un pueblo que siempre quiso vivir en democracia, se refirió a Miguel Soler como a destacados docentes de nuestro país (Vicente Puntigliano, Julio Castro, Selmar Balbi, Carlos Crespi, Enrique Brayer, etc.) como una camada de docentes que habían impulsado una ofensiva de penetración en la enseñanza.
No lo entendió así el magisterio uruguayo ni las comunidades rurales donde Soler volcó parte de su vida. Aún hoy queda el grato recuerdo en zonas rurales de generaciones que le conocieron hace más de cinco decenios. Y en ellos, sin distingos de sus adhesiones políticas y religiosas, hay hacia Soler una mezcla de admiración, de respeto y de cariño.
También a nivel internacional descubrieron la enorme potencialidad de este maestro que en el mundo entero volcó a favor de la Educación, sobre todo para aquellos sectores en que la formación le era esquiva.
Decenios en la Unesco, como especialista, como director del Centro Regional de Educación Fundamental para América Latina, como director de la División Alfabetización, Educación de Adultos y Desarrollo Rural y finalmente como subdirector general adjunto del Sector Educación.
Asesor en Educación en Bolivia, en Chile, en España, en Argentina, en México, en Francia.
En su último libro «Réplica de un maestro agredido», que Soler tuviese la atención de enviarme, expresa: «Desde mi primera infancia y hasta ahora fui y continúo siendo un inmigrante, una persona de muchos parajes, un viajero que lo mejor que ha podido custodiar en su equipaje personal y profesional ha sido su pertenencia al mundo uruguayo y en particular la formación recibida, tan buena entonces, y la experiencia de dos decenios como educador uruguayo, tan impactante todavía en mí y que trato de mantener actualizada para poder tener el honor de participar sin sonrojos en los debates sobre la educación uruguaya».
Al maestro Miguel Soler, a quien sigue aprendiendo para poder seguir dando, al hombre comprometido con el presente y con el futuro, al de la siembra continua y de la claridad entusiasmante, nuestro profundo agradecimiento. *
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