Lo que se fue con Julio Rodríguez
MURIO el jueves 13 de julio en la madrugada, lo enterramos en la tarde. Quienes lo recordaron coinciden en que era un espíritu abierto, una cabeza pensante (el junco pensante de que hablara Pascal). En varios campos tenía conocimientos muy sólidos, una real erudición, pero los disimulaba tras una apariencia lúdica, de gran frescura, desacartonada, bien uruguaya aunque se declarara gallego. Jugaba con las ideas como al ajedrez, amaba las paradojas, curioso impenitente se abalanzaba sobre todo lo nuevo. Polemista temible, provocador en el terreno de las ideas, no repetía consignas, sino que estudiaba, analizaba, inventaba, proponía. Así hasta el final.
Muchos lo conocen por los seis libros de historia artiguista en coautoría con Lucía Sala y Nelson de la Torre. En México reeditamos Artigas y su revolución agraria por Siglo XXI. Son fuentes indispensables para abrevar en el pensamiento del jefe de los orientales. Ejerció la docencia a varios niveles, después de la recuperación democrática en la Facultad de Humanidades. Durante la dictadura dio clases de historia americana en la Universidad de Sassari, en Cerdeña, la tierra de Gramsci. Después vivió varios años en Moscú. Fue secretario de redacción de la revista Estudios. De ese período recuerdo dos polémicas. Una sobre la ley del valor de Marx, con estudiosos italianos como Sraffa. Otra sobre la formación económico-social capitalista en América Latina con autores soviéticos, a los que les propinó una paliza memorable. Años más tarde, ya en democracia, Massera retomó este debate en otro plano, con similares contendores y análogos resultados. Es mi opinión, y va para quienes dicen que en aquellas épocas no debatíamos.
Recuerdo particularmente los años de Moscú. Nos reuníamos con Arismendi los miembros del CC exiliados, los que venían de la clandestinidad, los que salían de la cárcel, algunos cooptados, y nos concentrábamos en una dacha de las afueras para trazar líneas de acción contra la dictadura. Después yo iba a pasar el día con Julio y Alba, degustar el clásico asadito, y recibir un regalo que nunca faltó: una caja de tés surtidos de Uzbekistán y otras repúblicas asiáticas, que después compartía con mi madre porque le recordaban su Odessa natal. Lo que hacíamos sobre todo era conversar. Sentía la agudeza de sus observaciones sobre la vida soviética, crítica en múltiples aspectos. Eran los tiempos de Brezhnev. Pero también expresó su gran esperanza de un giro radical con la llegada de Andropov a la secretaría general. Nos tradujo un notable informe de éste en ocasión de un aniversario de Marx, en que marcaba las deficiencias sin contemplaciones y delineaba los cambios de fondo a introducir en la URSS. La enfermedad lo llevó a la tumba, y murieron las expectativas de renovación verdadera. Con Chernenko todo retrocedió a la grisura anterior.
Al regreso Julio participó en el debate sobre la recuperación democrática desde posiciones de gran independencia, reanudó su actividad docente en la Facultad, opinó e hizo propuestas en torno a los plebiscitos, intervino en el debate partidario. Posteriormente colaboró con el Centro de Estudios Estratégicos 1815 dirigido por Seregni. Publicó varias series de notas en LA REPUBLICA y últimamente en Caras y Caretas, con perspectiva histórica. Escribía sus reflexiones sobre los debates de actualidad y los trasmitía a sus amigos, entre ellos los del barrio La Mondiola. Todavía guardo en la computadora varios mails de ese período. Pero a la vez emprendió dos obras mayores, casi diríamos desmesuradas, en las que trabajaba con pasión y disciplina todos los días. Fló me decía en el velorio que era propio de Julio emprender proyectos inabarcables, de casi imposible publicación.
Uno era el estudio del período entre la revolución de febrero y la revolución de octubre (noviembre) de 1917 en Rusia, concebida como un relato día por día, hora por hora. Disponía para ello de fuentes de documentación amplísimas y de variado pelo, todo ello facilitado por su dominio del ruso. La historia se basaba en las conversaciones de tres personajes: un uruguayo, creo que periodista, un gallego (faltaba más) y otro que no recuerdo, los cuales comentan las peripecias e intercalan sus reflexiones. La lectura de ese material era un goce. Yo llegué a compartir algunos fragmentos, en mis visitas vespertinas, cuando el mamotreto andaba por las 700 páginas.
El otro opus era un estudio de las modalidades del capitalismo actual y la revolución científico-técnica. Aquí también manejó una masa documental impresionante en varios idiomas. Algunas conclusiones están resumidas en su ponencia al encuentro sobre vigencia y renovación del marxismo que organizamos con Massera y otros compañeros en el Cabildo y la Facultad de Ciencias Sociales en noviembre 1996 y responde al título: «Orden de aparición: el topo de la historia; la lechuza de la sabiduría». Está recogida en el volumen Marx Hoy (páginas 343 a 393). Volví a leerlo ahora, a 10 años de distancia, y conserva todo su interés. Allí hace referencia a otras reflexiones sobre el tema publicadas con anterioridad (Byblos, 1994) bajo el título: «Pienso, luego escribo». De alguna manera allí avizora qué nos puede deparar el futuro.
Con Honorio Lindner, dirigente municipal que supo trabajar con Julio en la mítica panadería Aguas Buenas de Rivera y Larrañaga (que sigue estando ahí), visitamos a Julio hace unos meses. Había cambiado la casa de Larrañaga por la de Daniel Muñoz. La entrevista fue penosa. Alba estaba muy enferma. Quedamos en volver. Ya no pudo ser.
A su hijo Sergio (que la generación de mi hija conocía como el «Diente») le digo que rescate esos materiales de la computadora y busque la forma de publicarlos. A pesar de su desmesura. Es una injusticia que gente de estos valores se nos vaya así, en silencio. *
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