La incestuosa guerra

Una vez más, asistimos a un recrudecimiento de la violencia bélica en el Cercano Oriente.

Una vez más, la fuerza de la razón sucumbe ante la razón de la fuerza.

El diálogo racional es remplazado por el diálogo de los misiles; la fraternidad entre los hombres cede el paso al odio; la persuación de las ideas ha sido trocada por la persuación de las bombas.

Tal es el triste panorama de una región donde hace cerca de cinco mil años florecieron las primeras civilizaciones. ¿Nos tocará asistir a la paradoja de que esa región se convierta en la tumba de la civilización?

Una geografía amistosa y un clima benigno albergan naciones irreconciliables que no han sido capaces de dirimir sus conflictos por medios no violentos. Las eternas disputas por cuestiones territoriales y por intereses estratégicos han tomado en estos últimos días la forma de enfrentamientos crueles, con su secuela de muerte y destrucción.

Dice Niko Schvarz en su Análisis Internacional de ayer: «Las imágenes de las mujeres en llanto vagando entre las ruinas de Beirut eran idénticas a las de las madres israelíes llorando a sus muertos en Haifa por el impacto de los rockets disparados desde el sur del Líbano. Las vi en una única secuencia, era el mismo horror, el mismo sufirmiento sin frontera, y no se avizora el final de esta espiral de sangre».

Todos los pueblos del mundo tienen derecho a vivir en un territorio, a desarrollarse como mejor les parezca, a cultivar su idioma, sus tradiciones y sus costumbres, a mantener sus creencias religiosas; al mismo tiempo, tienen el deber de convivir en armonía con sus vecinos. Siempre hemos sostenido que así como el Estado de Israel tiene derecho a vivir en paz, ese mismo derecho asiste a Palestina y al resto de sus vecinos. Respetando y tolerando la diversidad y el disenso.

Lamentablemente, los protagonistas de este desborde demencial de sangre y fuego no piensan así y han resuelto embarcarse en una escalada de violencia de consecuencias impredecibles y de final incierto.

Entretanto, mientras confrontan sus argumentos mediante fusiles y metralla, son los pueblos, la población civil, las grandes víctimas del camino elegido por dirigentes intransigentes y arrogantes.

Los sufrimientos milenarios del pueblo judío –desde la diáspora hasta el horror del holocausto– no pueden esgrimirse como argumento para justificar la respuesta bélica israelí o como atenuante para los actos de verdadero terrorismo practicados contra la población civil de sus vecinos.

Una vez más, la comunidad internacional y sus organismos creados para mantener la coexistencia pacífica de las diversas naciones en todo el orbe se han mostrado impotentes para disuadir a los beligerantes y encauzar sus conflictos hacia soluciones pacíficas.

Sin embargo, es a lo único que podemos apostar: a que prevalezca la razón y que se instale una mesa de diálogo donde los actores de este drama vuelvan a confrontar sus puntos de vista y sus reclamos respectivos sin más armas que la lógica, la reflexión y la tolerancia. *

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