Los blancos no somos batllistas

Sorprendieron desagradablemente unas afirmaciones del doctor Maggi recientemente en la Torre de las Comunicaciones. Allí, en un homenaje a don Pepe Batlle, aseveró este redactor del diario «caganchero», en una época lejana blanco y hoy de diversos colores políticos, que reproduce sus dichos, que «todos los uruguayos somos batllistas» ¡Incluyendo…. ¡a los blancos!

Como me hizo notar un amigo nacionalista, al decir de los «gurises»: «más batllista será usted»! ¡Yo no soy batllista y seguro estoy que ningún blanco «bien parido» lo puede ser! Por lo pronto, y esto solo ya es excluyente, a un nacionalista y blanco por añadidura, puede identificarse con un hombre que pidió (y logró que viniera) una intervención imperial yanki al Uruguay para terminar con Saravia (1904).

La misma se hizo por intermedio del gran traidor Acevedo Díaz (el «calepino») ante Teodoro Roosevelt, amigo personal de don Pepe. Los barcos llegaron una semana después de la muerte del «Aguila del Cordobés». Fueron sus nombres El Castine, el Brooklin, el Marietta y el Atlanta, cargados de hombres y metralla adecuada y moderna para la época, para intervenir subiendo por el Plata y remontando el río Uruguay, y desde allí bombardear a las tropas blancas. Eran buques de guerra de calado ligero dado que los ríos no estaban doctoragados entonces.

Al estar muerto Saravia, bajan en Montevideo y desfilan con «bombas y fanfarrias» en la Plaza matriz los «rubios del norte», yéndose posteriormente. ¡No debe haber algo más execrable que la traición a la patria solicitando intervenciones imperiales!

Pero también se olvida este intelectual batllista, el odio que Batlle profesó por razones estrictamente personales que no se animó a manifestar jamás, a la Iglesia Católica. No así a las anglicanas, protestantes, judías, islámicas o umbandistas. Sino a la Iglesia de Cristo específicamente. Prohibió las monjas en los hospitales donde cumplían una función de amor y asistencia indispensable. Su diario El Día era notorio que se escribía Dios con minúscula. Quiso quitar las cruces de los Cementerios a lo que se lo impidió la indignación de las familias dolientes de los mismos y fueron también notorias las persecuciones a la enseñanza de colegios y liceos católicos, etc.

Claro, tampoco pudo evitar o no quiso hacerlo, cuando le tocó sufrirlo a él. Cuando muere su joven hija, al pie de su lecho de dolor, la acompañó y consoló con un modesto misal, una monjita a la que tampoco se animó a sacar. Fueron, no obstante, proverbiales los odios furibundos de don Pepe. Le negó nada menos que a Rodó, hombre de su propio partido y una gloria de las letras uruguayas, su entierro en el Panteón Nacional. Lo mismo con Julio Herrera y Obes, ex presidente y también colorado. ¡Los seguía hasta después de la muerte!

Pero además, fue un gobernante sustancialmente antinacional embarcado en su «admirada» doctrina social europea de corte imitadamente socialista y de la cual hizo siempre gala, justo es decirlo.

Mientras él se paraba en la escollera «mirando y admirando» a Europa y a los EEUU, nosotros, los blancos con Saravia en igual situación, miramos hacia dentro. Al profundo verde de nuestros campos, sintiendo el dulce canto de una calandoctoria o el suave aroma de una anacahuita. O sea, hacia lo más hondo del sentimiento de patria. Por eso entre otras muchas razones, ¡jamás los blancos fuimos ni seremos batllistas! ¡No ofenda, doctor Maggi! A usted lo conocemos. Se paseó por todo el espectro político nacional. Primero fue colorado, tuvo posteriormente su pasaje por la izquierda; volvió luego al coloradismo. Y ahora, desde hace un «tiempito» volcó en el diario caganchero agrediendo como lo hizo en el pasado gobierno al senador Larrañaga cuando rompió con la coalición de Batlle y Bensión (¿se acuerda?), o de tratarnos de batllistas a los blancos. En buen romance, si usted quiere y es batllista, es su problema. ¡Que le aproveche! Pero le prohibimos enfáticamente la agresión gratuita de identificarnos nada menos que con don José Batlle!

¡Vivan Saravia y sus blancos! ¡Carajo! *

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