La lengua no es de trapo

La vida breve

Hojeando La República del Este del pasado viernes 7, me encuentro con una foto cuya leyenda reza así:

«Víctor Hugo Castro, jefe de redacción de La República del Este, recibe el reconocimiento por su apoyo a las actividades del balneario en su corta vida».

Tengo visto mensajes confusos, ambiguos o anfibológicos, pero confieso que este que acabo de transcribir me generó un cierto desasosiego no exento de perplejidad. ¿A la vida de quién se refiere el texto?

En una primera interpretación, uno se inclinaría por adjudicar la brevedad de la existencia al balneario, puesto que es lo mencionado en último término. Ahora bien, si tenemos en cuenta que Punta del Este celebra su nonagésimo noveno aniversario (casi un siglo), la cosa se torna un tanto incongruente pues a nadie se le ocurriría calificar de «corta» una vida casi centenaria, a menos, claro está, que estuviéramos en Medio Oriente o en Europa, lugares en los cuales una ciudad de esa edad es novísima comparada con las ciudades milenarias que abundan por aquellos pagos.

Descartada, pues, la primera opción, deberíamos suponer que es el propio jefe de redacción de la publicación, el señor Víctor Hugo Castro, a quien se refiere la expresión «en su corta vida». Ahora bien, mirando la fotografía que ilustra la información, se aprecia a un hombre no viejo, eso no, pero que no se cuece del primer hervor. Claro, todo depende del criterio de cada cual para juzgar la juventud, madurez o vejez de las personas; o, como dice un amigo disléxico, «todo es según el miral del color con que se crista».

Así que tampoco es esa la solución correcta. ¿Qué nos queda, por descarte? Y, no hay otra que la propia publicación, que justamente anda por los dos años. No otra cosa que La República del Este es lo que tiene una corta vida.

¿Cómo se podría haber subsanado este cúmulo de confusiones? Muy sencillamente: «Víctor Hugo Castro, jefe de redacción de La República del Este, recibe el reconocimiento por el apoyo a las actividades del balneario brindado por esta publicación en su corta vida».

Me permito recordarles a escritores, redactores y en general a todo el que debe usar el lenguaje como herramienta de trabajo, que la principal función del idioma es la comunicación, y los mensajes defectuosos conspiran precisamente contra esa función. Reservemos las ambigüedades y los enunciados anfibológicos para los textos poéticos pero no para algo tan prosaico como una información de prensa.

El lector de un periódico necesita mensajes claros, concisos y precisos, y no debe pedírsele que se disponga a resolver galimatías o a develar arcanos.

–Eso sí que me parece bien, Mendieta, hay que hablar claro. Yo, un suponer, cuando tengo ganas de chupar, no me ando con vueltas, así que ya sabe: mande servir la otra vuelta de grapa.

–¡Qué lo parió! *

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