El resquebrajamiento de las complicidades

El carnaval mediático surgido como consecuencia de la fuga y posterior recaptura del coronel Gilberto Vázquez puede conllevar aspectos positivos. Se trata de un hito en la historia reciente por cuanto por primera vez en veintiún años de normalidad institucional, un terrorista de Estado sale públicamente a reconocer los crímenes aberrantes cometidos por él y sus camaradas de armas.

De ninguna manera pretendemos con esto aplaudir al coronel retirado ni tampoco creemos que su sinceramiento pueda operar como atenuante de su pasado tenebroso. Pero consideramos que –sea por la razón que sea y más allá del horror que confirman las confesiones de este émulo uruguayo de Scilingo– sus declaraciones públicas pueden ser el comienzo del fin del pacto de silencio.

En nuestro editorial del pasado jueves 13, decíamos que «hay un proceso inocultable de resquebrajamiento de los lazos de complicidad que mantuvieron amarrados a los integrantes de los grupos operativos de la represión de los años 70 y 80″. Precisamente, el coronel Vázquez parece haber roto esos lazos de complicidad, y eso debe ser bienvenido en la medida que puede abrir una pequeña puerta en la muralla de silencio e impunidad tras la cual se parapetaron los «salvadores de la patria».

Con una extraña mezcla de cinismo e hipocresía, el ex represor –advirtiendo quizá el ineludible futuro que le espera– ha hablado lo suficiente como para confirmar las denuncias que se reiteran desde hace veintiún años y que nadie hasta ahora, ninguno de los militares o civiles involucrados en los horrores de la represión había admitido. Se confirman los nombres de los esbirros y se confirman sus prácticas monstruosas, y aunque ya lo supiéramos, este reconocimiento público del coronel Vázquez instala –o permite mantener– en el interés de toda la población en ese tema nunca saldado ni laudado.

En ese mismo editorial a que hacemos referencia más arriba, decíamos, también, que «una amplia gama de políticos, abogados, y operadores con poder en los medios de comunicación masiva trabajaron activamente por el mantenimiento de la impunidad». Para ellos también ha llegado la hora de dar la cara y de reconocer su responsabilidad.

Pero cabe una reflexión final. La situación actual, en que se desmorona el pacto de silencio, en que tenemos varios casos expresamente excluidos de la oprobiosa caducidad, en que hay unos cuantos militares detenidos aguardando el proceso de extradición a Argentina, ha sido posible en primer lugar por la voluntad política de un gobierno progresista que se limitó a cumplir al pie de la letra las leyes y los tratados internacionales. Desde el retorno de la democracia y de la normalidad institucional, transcurrieron cuatro lustros durante los cuales los distintos gobiernos no sólo no demostraron esa voluntad política de investigar y de hacer justicia sino que, al revés, se empecinaron –llegando incluso en su afán a violar la legislación– en mantener intacta la omertá y la impunidad.

Pero detrás de esta actitud del gobierno actual, de este giro en la política de esclarecimiento de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, está una actitud de firmeza, de tesón inclaudicable de las organizaciones de familiares de víctimas del terrorismo de estado, de grupos políticos que enarbolaron la bandera de verdad y justicia y de periodistas que se jugaron el pellejo investigando y develando lo que los criminales y sus cómplices civiles mantenían oculto.

Han pasado más de veinte años y sólo ahora el país parece encaminado a reencontrarse consigo mismo, a admitir ese pasado de horror y a enfrentarlo. *

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