La sexta república cumple cuarenta años

Los tiempos de bonanza hacía años que habían terminado para el Uruguay. Se venía una redistribución recesiva de la renta nacional, el achique a palos. La clase rentista necesitaba reducir el mercado interno, desindustrializar, para con la misma producción ganadera atender el creciente endeudamiento del país. En estas cuatro décadas el consumo de carne pasó de 140 kilos por habitante en 1966, a 74 kilos con Bordaberry, terminando con los 35 kilos de Jorge Batlle. En estos cuarenta años se estima una emigración de más de 800 mil orientales; y si contamos sus hijos, que fueron a fortalecer lejanos mercados, tres por emigrante, en dos generaciones, los uruguayos y sus descendientes en el exterior suman 2:400.000. Hoy tenemos un país envejecido, en el que más de la mitad de los jóvenes nacen y se desarrollan en la miseria.

La Constitución elaborada en 1966 y vigente a partir de 1967, cumple sus cuarenta años. Sus constituyentes, tras la restauración democrática, alternaron en la Presidencia de la República. Puede decirse que esta Constitución fue un «traje de medida» para el período cesarista que se prometían sus panegiristas en el año 1966. «Gobierno fuerte», ampliación de las atribuciones del Poder Ejecutivo en el artículo 168, modificaciones al artículo 7º, por el cual este asumía la iniciativa parlamentaria perentoria, se creaban las leyes de urgencia. Este instituto sirvió para legislar a contrapelo, sin mayorías parlamentarias. El Partido Colorado inauguró este método legislativo a partir de 1967. Sus legisladores «votaban con los pies», las leyes quedaban aprobadas «de facto», pasados los cuarenta y cinco días de enviadas al parlamento.

Bajo el alegre jingle de «meta la naranja en el sobre» -por el color de la boleta- prometiendo que jubilados y trabajadores participarían del directorio del nuevo BPS, se puso en marcha la reforma. La máquina partidaria de los clubes tenía en las jubilaciones la principal arma de chantaje electoral. En localidades del interior el voto era cantado, los caudillos de los comités blanqui-colorados retenían las credenciales de los jubilados como forma de controlar la fidelidad de los ciudadanos .Los paisanos creían que la jubilación podía serles retirada si no les eran fieles. Los que durante décadas habían corrompido el sistema, proponían el remedio, la sustitución de las desacreditadas «Cajas de Jubilaciones», por el BPS. Cientos de miles murieron sin verlo. Ni en los siguientes cinco años, del gobierno de Pacheco, ni el los trece que le siguieron con Bordaberry y sus militares, no hubo ley que reglamentara su participación en el BPS. No era el momento de fomentar el sindicalismo al que se estaba combatiendo a palos y calabozo. El militarismo se insinuaba en los coaligados reformadores de 1966: dos generales a la cabeza de los partidos: Aguerrondo por los blancos.

Su jingle era que venía «cargando a fondo», era la imagen viva del gorilismo que ya asolaba a nuestros vecinos. De ese sector aguerrondista serían los más duros del proceso. Al discurso gorila radical de Aguerrondo, se sumó al descrédito del último gobierno colegiado blanco, que apelara en dos oportunidades a las Medidas Prontas de Seguridad para reprimir los conflictos gremiales. Aguerrondo había estaqueado obreros en el Pantanoso, en la represión de la huelga frigorífica. Esto asustó al electorado naturalmente pacifista del Uruguay. Triunfó Gestido por el Partido Colorado, que traía un discurso semejante al de Sanguinetti en 1985, «del cambio en paz».

«La naranja» pronto mostró que tenía un gajo solo, el artículo 168. Durante los setenta y cinco meses que precedieron al golpe de Estado, 1973, solo los primeros quince transcurrieron sin Medidas de Seguridad.

Tras la restauración democrática, se reconstruye la alianza entre los constituyentes de 1966. Wilson lanza doctrina de la gobernabilidad, nombre nuevo para el viejo «partido de la naranja.»

Tras otro nuevo remiendo, el del 96, con la instauración del balotaje, el «partido de la naranja» logra hacer presidente al último constituyente, Jorge Batlle.

Pero en la siguiente elección, para sorpresa de los coaligados, hermanados por cuarenta años de aparcerías, el imposible 50% fue alcanzado por un solo lema. Algo que creían solo podría superarse mediante el engañoso bipartidismo preelectoral, creado para neutralizar la voluntad de las mayorías, mediatizándolas al arbitrio de las minorías mayores.

Cuarenta y cinco años después, tras mucho dolor, sangre y miseria, el pueblo comprendió el testamento del Dr. Herrera: «advienen nuevas luchas: No será entre blancos y colorados, sino entre nacionalistas, quienes quieran y merezcan serlo, y los que no quieren serlo, o porque no lo sienten o porque no les conviene.» *

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