Conflicto binacional: el diálogo y sus bemoles

Luego del fallo inapelable –y previsible– de la Corte Internacional de La Haya volvió a reinar el optimismo respecto de la reanudación del diálogo entre ambos gobiernos como única forma de resolver el conflicto.

Al conocerse la resolución del tribunal, por la que se desestimó la pretensión argentina de imponer la medida cautelar de suspensión de las obras, el presidente Vázquez, el canciller Gargano, el ministro Arana y en general todos los integrantes del gobierno, así como también los líderes de la oposición, no ocultaron su satisfacción pero al mismo tiempo exhibieron una plausible actitud de cautela y de humildad, al tiempo que enviaban señales inequívocas de su postura favorable a buscar una solución mediante el diálogo.

Contra lo esperable, muy otra ha sido la reacción allende el Plata. La Asamblea Ambientalista –una suerte de órgano paragubernamental con poderes especiales– siguió lanzando amenazas de nuevos cortes de ruta ensombreciendo así el panorama propicio para buscar acuerdos. Y, lo que es peor, las autoridades del vecino país han reaccionado de forma destemplada, en una profundización de su postura radical.

Como se ha dicho, el gobierno de Kirchner ha dado un paso más hacia la confrontación y parece haber trocado su postura de «no a la contaminación» por un rotundo y definitivo «no a las plantas de celulosa», alineándose de ese modo junto al fundamentalismo ambientalista de los piqueteros entrerrianos.

En una actitud que se asemeja a la del «mal perdedor», es decir la de aquel que no se resigna a su derrota y busca la manera de salirse con la suya, el gobierno argentino endurece su posición e insiste en una intransigencia que bloquea todas las vías que conducen al diálogo. Un diálogo, por otra parte, aconsejado por el propio tribunal internacional en su sentencia, pero que el presidente Kirchner parece desechar.

En efecto, ¿es posible reanudar las negociaciones entre ambos gobiernos cuando el argentino reafirma su intención de impedir que los organismos financieros internacionales otorguen los préstamos solicitados por las empresas? ¿Puede calificarse de tolerante y abierta al diálogo la postura argentina de insistir en el discurso ambientalista y hacer suyos los argumentos de los gualeguaychuenses?

A esta altura de los acontecimientos, es dable suponer que, más allá de las razones esgrimidas por los grupos defensores del medio ambiente, la aparente dureza del gobierno argentino puede obedecer a una estrategia destinada a «ordenar la casa», esto es a lograr credibilidad interna, a no exacerbar los ánimos ni los fantasmas desatados de un nacionalismo trasnochado. Aparentemente, el doctor Kirchner –consciente de que los cortes de ruta operan en contra de la pretensión argentina y debilitan su posición– se propone como prioridad apaciguar la protesta desmadrada de modo de estar en condiciones de empezar a tentar caminos de acercamiento con el gobierno uruguayo.

Esta sería la única explicación posible a esta reacción oficial argentina que cierra las puertas a posibles acuerdos.

Desde Montevideo, no ha habido reacciones ni respuestas a esta nueva balardonada. No correspondía otra actitud de parte del gobierno de un país pequeño, que debe mostrarse siempre respetuoso de las leyes, de los tratados, y de los organismos internacionales. El apego a la justicia y al derecho, así como la reiteración de nuestra disposición al entendimiento racional, son la única respuesta que debemos dar a los desplantes del vecino. *

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