Venezuela: nuevo socio para la integración
La semana pasada, en mi calidad de integrante de la Comisión Permanente del Mercosur, tuve el enorme gusto de concurrir a Caracas con motivo del ingreso formal de Venezuela como socio pleno del bloque, dando de esta forma un nuevo impulso a este proyecto de integración regional, y fortaleciéndolo en un momento en que muchos críticos de ocasión piden casi a gritos y prácticamente exigen- que nosotros debemos abandonar el bloque regional, y «hacer la nuestra», comparándonos con otros países.
Suelen ser los mismos críticos que hablan del peligro del «chavismo», que lo califican de «dictador», cuando en realidad debe haber pocos gobernantes que en tan pocos años hayan ganado tantas elecciones, referendos y plebiscitos como Chávez. Mal que les pese a sus críticos, y por más que pretendan torcer los conceptos e ideas a su propio gusto, Chávez es un gobernante legal en un sistema democrático. Podrá no gustar por varias cosas, podrá resultar molesto por otras, pero digan lo que digan, tampoco pueden negar que gobierna dentro de la más absoluta legalidad y Venezuela es un Estado de Derecho.
Nosotros, como fuerza política democrática y progresista, respetamos el principio de autodeterminación de los pueblos y la doctrina del Derecho Internacional de no injerencia en asuntos internos de terceros países. Sabemos, que de la misma forma en que a nosotros no nos gustaría ni permitiríamos que alguien se entrometa en nuestras relaciones con terceros países; lo mismo es válido para nuestros hermanos venezolanos.
Pero volviendo al tema que me interesa, el ingreso de Venezuela al bloque no solo lo refuerza, si no que además abre una nueva esperanza para su total reconfiguración y relanzarlo sobre nuevas bases distintas a las actuales.
Es que el Mercosur -como toda construcción humana- no escapa a sus propios errores y fallas, a las concepciones y cabezas desde que fue pensado e impulsado, y por eso mismo, posee inercias propias que no son sencillas de eliminar. No es un fenómeno nuevo ni que nos deba sorprender, Webber hace casi 100 años ya lo había estudiado muy bien al determinar la importancia de las burocracias y como estas tienden a reproducirse y proteger sus propios intereses.
Debemos recordar, entonces cuando y como surgió el actual proceso de integración regional. Fue a comienzos de la década de los 90, cuando el Muro de Berlín hacía poco había sido derribado, cuando Alemania había vuelto a ser una, cuando la URSS acababa de desaparecer y solo una potencia hegemónica quedaba ahora en el mundo.
Fue, también, el momento en el cual ciertos profetas pronosticaron el «fin de la Historia» y de las ideologías (en realidad, de toda ideología que no fuera el liberalismo), y, consecuentemente, el surgimiento de un nuevo mundo unipolar; donde el libre mercado finalmente había triunfado y por ende había que adoptarlo en forma decidida y sin cuestionamientos. Los propios liberales negaban en una posición profundamente autoritaria- la MULTILATERALIDAD.
Y acá, teníamos gobiernos que rápida y decididamente adoptaron dichos paradigmas con el fervor de los iniciados. Fueron Collor de Mello en Brasil, Menem en Argentina, Rodríguez en Paraguay y Lacalle en nuestro país los que dieron el puntapié inicial al Mercosur.
Claro, como verdadero hijo de su tiempo y de sus impulsores, el proyecto se limitó a ser el de una unión aduanera, que impulsara el libre comercio entre los países miembro. La concepción política pasaba exclusivamente por la integración económica, no había un proyecto político, ni social, ni cultural, ni de ningún otro tipo que no fuera meramente comercial.
Si para muestra basta un botón, sobra con ver que hoy en día, el más decidido y férreo opositor a la posibilidad de impulsar una integración en el plano político es el propio doctor Lacalle.
Dentro de todo, se puede decir que ese modelo de integración funcionó relativamente bien hasta fines de los 90, cuando las crisis económicas de los miembros del bloque llevaron a que cada gobierno pasara a actuar por su cuenta y protegiendo sus propios intereses por encima de los del bloque. De ese modo, se produjo la devaluación brasileña en el año 99; y el modelo explotó.
Esa es la realidad que tomó el gobierno cuando asumió el año pasado, y esa es la realidad que denodadamente ha estado luchando por cambiar junto al resto de los gobiernos de la región.
Por supuesto, no ha sido ni será tarea sencilla. Quince años de impulso del mismo modelo, de un discurso de tipo monolítico y hegemónico, y las dificultades arriba descritas; han minado la voluntad integradora de muchos, y hace surgir interrogantes naturales entre los ciudadanos que, comprensiblemente, ven al Mercosur más como un generador de dificultades y problemas que de soluciones y oportunidades.
Cambiar el viejo y agotado paradigma neoliberal de integración es un proceso en el que estamos actualmente embarcados. Como dije, no será para nada sencillo, ¡¡pero vaya que es necesario!! Y es necesario porque el Mercosur no puede de ninguna manera ni bajo ningún concepto limitarse a ser un ámbito exclusivamente comercial de competitividad entre sus socios. No pueden sus miembros limitarse a ver a los demás como «mercados a conquistar».
En ese sentido, la cumbre de Caracas abre un margen considerable de esperanza y permite avizorar una mejor perspectiva de futuro. El espíritu reinante fue el de comenzar a corregir las asimetrías que existen entre los socios, y pasar de la mera competencia comercial a la complementariedad productiva. O sea, se está fomentando la construcción de nuevas solidaridades que remplacen a los individualismos inconducentes y aislacionistas.
A eso es a lo que nosotros llamamos «más y mejor Mercosur», aunque no les guste y les pueda molestar a algunos. Queremos construir un bloque complementario y solidario entre sus miembros, que la integración sea una herramienta para potenciarnos mutuamente, para reforzar la soberanía regional… que también implica ganar en soberanía nacional.
En definitiva, no queremos más un bloque exclusivamente comercial, competitivo e individualista.
Nuestra búsqueda, nuestro afán, es impulsar un modelo y un proceso de integración que sea mucho más social y menos economicista; un modelo, que la gente sienta y asuma como propio, y donde pueda gozar de sus beneficios en vez de esperarlos «ad eternum». *
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