Que Haya diálogo

Desde que se instaló el absurdo conflicto con Argentina, en estas páginas hemos sostenido con insistencia en la necesidad de arribar a una solución de consenso a través del diálogo civilizado.

Cuando Argentina presentó formalmente ante el Tribunal de La Haya su pedido de suspensión de las obras de construcción de las plantas de celulosa, escribimos lo siguiente, luego de conocer los sólidos argumentos presentados por nuestro país por intermedio de sus abogados:

«Todo hace suponer, pues, que la Corte desestimará la petición argentina y las plantas de Botnia y ENCE seguirán construyéndose. Esta es también la percepción que hay en el gobierno argentino, aunque ninguno de sus voceros lo admita públicamente, por supuesto.

¿Cuál ha de ser, entonces, la estrategia a seguir por nuestro gobierno? Los uruguayos somos conscientes de nuestra pequeñez y sabemos, por tanto, que debemos aferrarnos con uñas y dientes a las soluciones pacíficas y evitar por todos los medios todo enfrentamiento que no se dirima ante los tribunales. El apego a las soluciones legales es nuestra arma principal.

No obstante, tampoco sería prudente exhibir una postura de intransigencia en caso de un fallo favorable de parte de la Corte de La Haya; la arrogancia derivada de una posible victoria jurídica sería una pésima actitud. Firmeza en la defensa de nuestros derechos y confianza en la razón que nos asiste. Pero además de esa firmeza y esa confianza, debemos actuar con humildad –humildad bien entendida, por cierto– de modo de mantener esa actitud dialoguista, abierta, bien dispuesta, que el gobierno observó desde el comienzo del conflicto con el país hermano.

Hace pocos días, el presidente electo del Perú, Alan García, emitió una sentencia por demás pertinente: ‘Si alguien me declara la guerra, yo le declaro la paz’. Frente a la prepotencia argentina, frente a la amenaza, frente a condiciones de diálogo inaceptables, la respuesta del gobierno uruguayo ha sido ponderada y amistosa.

Felizmente, en estos últimos días, han surgido desde las altas esferas del vecino país mensajes que tienden a recomponer el diálogo que nunca debería haberse frustrado y que la intransigencia argentina obligó a cortar.

Una vez más, la respuesta uruguaya debe inscribirse en ese estilo de mano tendida, de apertura a soluciones pacíficas que contemplen los intereses de ambas naciones. Sin abdicar de nuestros legítimos derechos, sin apearnos ni un ápice de nuestra soberanía, debemos demostrar al mundo –pero sobre todo a Argentina– nuestra disposición a solucionar el diferendo de manera civilizada.

De manera civilizada y amistosa, como corresponde resolver los conflictos que pueden surgir entre hermanos».

Hoy, cuando hemos conocido el fallo del Tribunal de La Haya, corresponde reafirmar en todos sus términos los conceptos vertidos en el editorial citado.

Y esperamos del gobierno una acción acorde con las mejores tradiciones del país. *

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