Los alegatos del coronel
En su edición de ayer el semanario Búsqueda publica una interesante entrevista realizada al coronel Gilberto Vázquez en su lugar de detención, la Cárcel Central.
El militar detenido articula una serie de razonamientos destinados a defender la posición asumida históricamente por las Fuerzas Armadas en lo que los voceros militares han llamado la «lucha contra la subversión».
A lo largo de la entrevista, G. Vázquez sostuvo que a los militares acusados de crímenes de lesa humanidad se les impuso desde el Ejército la doctrina del «silencio austero» y evaluó que «eso fue un error». «Mientras nos putearon de arriba a abajo, nos acusaron de todo al barrer, nosotros no podíamos decir nada por el bien de la institución y la paz social.(…) Nosotros pusimos sacrificio y sangre para frenar a gente que estaba dispuesta a subvertirlo todo por medio de la violencia y resulta que mis nietos serán educados oficialmente en la versión contraria».
Resulta difícil compartir las conclusiones del coronel Vázquez. De ninguna manera se podría sostener que, a lo largo de los últimos decenios en el debate desarrollado en el país no se oyó la voz de quienes defendían lo actuado por las Fuerzas Conjuntas durante la dictadura.
Es más, si hubo un discurso monocorde desde el Estado, si hubo una tendencia a presentar como «única verdad» un punto de vista, ese fue el de los defensores de la impunidad.
Mal podría aceptar la tesis de la soledad o el aislamiento cuando la mayoría de los dirigentes políticos y los integrantes del Poder Ejecutivo pertenecientes a los partidos Colorado y Nacional han sido persistentes defensores de la impunidad.
Y no sólo la impunidad. También la defensa de la totalidad de lo actuado por las Fuerzas Armadas, como salvadoras de la patria, durante el período de la dictadura y los años que la precedieron.
En otro orden de temas, el coronel Vázquez, preguntado acerca de si los mandos estaban al tanto de todas las violaciones a los derechos humanos, responde con bastante claridad: «Todas las Fuerzas Armadas estuvieron involucradas en esto. Por supuesto que había compartimentación, pero eso era nada más que una técnica para enfrentar al enemigo. Luego había toda una logística detrás nuestro, gente bajo nuestras órdenes, oficiales por encima nuestro, coordinaciones y decisiones trascendentes que no tomábamos solos».
Esas conclusiones son las que surgen analizando, precisamente, lo que fue la actuación del grupo al que pertenecía Vázquez durante su actuación en Buenos Aires.
En aquel momento su actuación tuvo el respaldo del conjunto de las fuerzas, de la Justicia Penal Militar, de la Oficina de Prensa de las Fuerzas Conjuntas, entre otras dependencias estatales.
Finalmente, G. Vázquez da muestra de su implacable manera de pensar en defensa del terrorismo de Estado.
Dice el periodista: «Todo lo que usted dice no justifica que el Ejército regular hiciera desaparecer a militantes comunistas y de otros grupos de izquierda. ¿Por qué llegaron a ese extremo? ¿Quién tomó la decisión de emplear esa metodología que no tiene nada que ver con el honor de un combatiente?».
El coronel responde: «La explicación de ese capítulo tampoco depende exclusivamente de quienes ahora estamos presos. (…) Hubo razones de Estado para pasar a esa metodología. Los mandos superiores explicaron que había que levantar el Estado de guerra interno y que el país debía recuperar la tranquilidad, porque mantenerse en estado de guerra tenía unos costos económicos muy grandes. Los generales pedían algo casi imposible: erradicar la subversión, pero no querían más muertos, no querían más operaciones espectaculares y pretendían que se diera la sensación de que acá no pasaba nada. Todas esas decisiones tuvieron que ver con lo que pasó después».
Como puede apreciarse, las declaraciones del terrorista de Estado son un perfecto e implacable resumen del pensamiento que predominó –y todavía sigue vigente en algunos círculos– durante los años de plomo. *
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