Irak, la democracia y El País
Citando a un académico norteamericano de la Universidad de Stanford, L. Diamond, el matutino montevideano juzga como una «fantasía increíble» la idea de crear en Irak «un país pro estadounidense y pro israelí». Para él, constituye «una falsa creencia que Irak pueda ser democrático puesto que es una sociedad con fuertes partidos religiosos», lo cual implica, agregamos nosotros, dogmatismo y verticalidad absoluta. Además, resulta obvio que la sociedad civil y el Estado de Derecho -esencia de toda democracia- son incompatibles con la permanencia de tropas extranjeras de ocupación.
La referencia a la imposibilidad esencial de desarrollar la democracia bajo el peso de una invasión militar es razonable, pero apenas constituye el inicio de un razonamiento especialmente mal orientado. Anota luego El País: «Honestamente, costaba creer que la guerra en el antiguo país mesopotámico fuera de mal en peor. Muchos creyeron que la inmensa superioridad bélica de la coalición encabezada por los EEUU sería suficiente para derrotar a Saddam Hussein -y así fue en la confrontación inicial de tipo convencional- pero la verdad es que ni aun con la altísima tecnología empleada se logró consolidar la victoria militar obtenida: sigue dominando el panorama la insurrección terrorista de raíz religiosa y nacionalista.
Llegamos, pues, al momento actual en el que EEUU se consume emocionalmente por sus tribulaciones en Irak pero que, además, se debilita la esperanza en un futuro democrático iraquí y se acentúa el odio hacia Israel, en toda la región, por considerarlo representante de valores ajenos al Islam y a sus sentimientos nacionalistas, exacerbados por la ocupación de sus tierras históricas».
La democracia no se puede exportar. Ni imponer continúa el analista. Y agrega: La Inglaterra del siglo XIX enseñó al mundo que la democracia no se forja de un día para el otro: crece lentamente y a lo largo de generaciones. Las reformas de 1832, 1867 y 1884 van disminuyendo los requisitos que debían cumplirse para poder votar, de tal modo que, concomitantemente, aumenta el número de las personas, de todas las clases sociales, aptas para intervenir en las elecciones. Este proceso culmina en 1918 con el voto universal masculino (mayores de 21 años) y el femenino (ocupantes de propiedades, mayores de 30 años, rebajados, luego, a 21)».
A buen entendedor, lo que el analista del matutino conservador sostiene es que el derecho a la participación en la vida democrática de una nación hay que irlo concediendo de a poco. Y abrir las posibilidades de votar en forma lenta y paulatina.
Empezando por los masculinos mayores, los propietarios de tierras y los grandes comerciantes, tal como sucedía en la «democrática» Inglaterra de principios del siglo XIX.
No se trata de hacerse el loco y dejar que todo el mundo pretenda participar en la elección de autoridades, los cambios de partidos en el gobierno o en la definición de las instituciones. No, de a poco. Y los ricos primero.
Ese «largo y, a menudo, doloroso proceso de democratización, no puede ser decretado por ningún voluntarismo: obedece a una concientización a escala nacional. ¿Existe en Palestina, Irak y Afganistán, entre otros, esa condición sin la cual no nace la democracia?». Y culmina con esta perla: «la respuesta debe darla cada lector, sin dejar de pensar en la realidad uruguaya y en los riesgos que puedan acecharla.»
La advertencia ha llegado tarde. En Uruguay la «plebe», gente carente de títulos y propiedades, que no son socios de ningún club distinguido ni egresaron de ningún colegio extranjero, se ha pronunciado. Demostrando su osadía, esta plebe inculta ha contribuido a poner en el gobierno a un elenco progresista que se propone realizar cambios de fondo en las viejas estructuras sociales y económicas del país.
¡Qué peligrosa es la democracia! *
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