Una cincuentona provocativa
Fabián Werner
Una señora cincuentona, extranjera, desconocida para el 99 por ciento de la población y para el 95 por ciento de los dirigentes políticos, provocó la semana pasada una extraña ola de reacciones en los más diversos ámbitos debido a sus críticos comentarios sobre los usos y costumbres de los gobernantes uruguayos. Molestó por decir en inglés lo que muchos dicen en español.
Esta mujer, de nombre Ruth Richardson, generó una respuesta corporativa del sistema político nacional, que desde distintos lados del espectro atacó sin piedad a la semidesconocida señora. Si bien las críticas vinieron por distintos asuntos, los uruguayos coincidieron en censurar el «atrevimiento» de Richardson para entrometerse en temas nacionales, y pusieron en tela de juicio su autoridad para realizar cuestionamientos tan categóricos. Y eso por decir poco. (¿Será casualidad que sólo hubo reacciones masculinas?)
Entre otros provocativos conceptos, condenó la construcción de la Torre de las Telecomunicaciones (¿dónde escuché eso?), criticó la falta de transparencia del presidente Jorge Batlle en el manejo de las cuentas públicas (me parece conocido) y llegó a ridiculizar al Parlamento, al comentar que el único aparato de traducción electrónica que existe en el Palacio Legislativo no pudo ser usado cuando ella se dirigió a los legisladores (¡por fin una originalidad!).
Más allá de sus pintorescos comentarios, que pueden resultar, desde cierto punto de vista, hasta jocosos, la ex ministra de Hacienda de Nueva Zelanda descubrió un desconocido espíritu de cuerpo entre los políticos uruguayos, en medio de la acalorada discusión sobre asuntos presupuestales.
Parece claro que los dirigentes criollos no gustan de las críticas foráneas (sobre todo cuando las críticas al gobierno salpican a la oposición, y viceversa), y sólo permiten los cuestionamientos de entrecasa. En otras palabras: «Para criticar nos bastamos nosotros solitos».
Esta enfurecida, y por momentos agraviante, reacción política, hizo que se dejaran de lado interesantes opiniones de Richardson, que bien podrían ser tomados en cuenta en este particular momento del país.
A saber:
–Para alcanzar el progreso, Uruguay debe tener en cuenta dos importantes fuerzas externas: la globalización y la tecnología;
–Es necesario abordar, sin miedos ni favores, la competitividad del sector privado;
–Debemos asegurarnos que el sistema educativo funcione bien y que haya un mercado laboral eficiente;
–Es necesario romper con los malos hábitos del déficit público;
–Debe existir una mejor relación entre el Estado, los empresarios y los sindicatos;
–Hay que decir no en terminos políticos y prácticos a los privilegios y al proteccionismo.
Escritos así, parecen apenas una serie de enunciados voluntaristas o de utopías inalcanzables para un país como Uruguay. Pero, ¿eso las hace merecedoras de un rotundo rechazo y el más implacable desprecio?
Y hasta sus afirmaciones neoliberales más ortodoxas (del estilo «el Estado es demasiado grande en este país», o «el crecimiento del sector privado va a ser el motor del crecimiento», o «el sector privado no es competitivo por culpa de las regulaciones y el control (sic)», o «el Estado uruguayo no debe ser propietario de la telefonía celular»), antes de ser denostadas pueden ser analizadas como aportes a la discusión más importante del quinquenio. Tomadas como una sana provocación.
Está claro que los uruguayos no somos «indígenas», ni «estúpidos», ni nada por el estilo. Lo que sí es evidente es que estamos muy orgullosos de las cosas que hacemos mal y no permitimos que una señora cincuentona desde Oceanía nos ponga un espejo enfrente.
* Periodista, editor de la Sección Política
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